El DRAE en su define virtual en su cuarta acepción como “que tiene existencia aparente y no real”. Desde la expansión en el uso de internet y todo lo que ello conlleva, virtual ha implicado siempre una separación tácita, implícita entre dos mundos que se interactúan y conviven tras una frontera que cada vez se hace más débil. Transcendence (2014) es una película dirigida por Wally Pfister y protagonizada por Johnny Depp y Rebecca Hall maltratada por la crítica que trata de ahondar en el dilema de la inteligencia artificial.

Desde el surgimiento de Matrix y la creación de su paradigma, muchos han sido los que han teorizado sobre la posibilidad de vivir en una realidad virtual o el alcance que puede tener la creación de una inteligencia artificial que ponga en jaque a la sociedad. Lo cierto es que todas las teorías relacionadas con el apocalipsis tecnológico han fracasado (por lo menos hasta hoy). Ni las máquinas se han sublevado, ni un apagón mundial ha dejado sin electricidad al mundo.

No obstante, es cierto que el desarrollo tecnológico que este siglo lleva por titular ha producido una serie de problemas que aún se encuentran lejos de resolver. La falta de privacidad, el robo de credenciales y el hackeo de dispositivos electrónicos están a la orden del día. Internet, mundo todavía con islas por descubrir, es hogar de piratas que, como antaño, hacen del delito su profesión. Nunca antes robar y extorsionar había resultado una tarea tan limpia.

La era digital se implantó en la sociedad gracias a las promesas plausibles de una mejora sustancial en múltiples ámbitos de la vida: medicina, educación, investigación científica, comunicación… La dependencia de la tecnología y sus avances es tal que la mayor parte de métodos mecánicos de realización de tareas sustituidos por nuevas tecnologías han quedado en desuso.

Transcendence dibuja un escenario en el que se trata de trasplantar un ser humano a un ordenador con un software de inteligencia artificial. Una máquina que desafía las leyes de la vida orgánica y plantea debates tras la pantalla. ¿Acaso se puede volcar un ser humano completo en una máquina? ¿Es posible llegar a codificar el alma de un hombre? Y si se pudiera, ¿acaso no somos más que un código binario?

He de reconocer que en algún momento tras acabar la película me he sentido un tanto vacío, pero Transcendence no llega al punto de fomentar en el espectador la aparición de algún tipo de paranoia. Más bien se queda en el planteamiento del debate y la presentación de un villano complejo, diferente. Quizá sea por eso que la crítica ha puntuado poco menos que con el suficiente a la película. Pero no se dejen engañar, no es tiempo perdido.

Fotograma de Transcendence.

Si se contempla con algo de detenimiento, se pueden observar detalles, fragmentos de diálogos y conatos de debate que merece la pena tener presente en alguna balda de nuestro pensamiento. Como aquello de que si uno es capaz de demostrar su propia conciencia. Un ejercicio de reflexión que tampoco se prolonga demasiado en metraje, pero que es de agradecer.

El inicio de la película ya da pistas al espectador de hacia dónde se va a dirigir el largometraje por lo que decir que en Transcendence se dibuja un futuro sin internet no es un spoiler. Un mundo algo distópico en el que los teclados se usan como pisapapeles porque parecen no servir para nada. No creo que la humanidad se dirija hacia ese punto de no retorno. Nuestra dependencia de la tecnología es tal que no estamos preparados para crear algo que se ponga en nuestra contra.

Aunque la delgada línea entre lo virtual y lo real es cada vez más endeble, se puede afirmar que todavía existe. A pesar de los esfuerzos de Facebook por crear el metaverso y la realidad aumentada, el mundo seguirá ahí fuera, al menos por el momento. Para viajar sigue siendo necesario desplazarse, Mark Zuckerberg. Las criptomonedas, los NFTs y el resto de inventiva consumista sigue su curso. Pero al fin y al cabo, un cuadro pintado a mano con pinceles y un lienzo siempre será diferente que un gif de Willyrex. Ni mejor, ni peor: distinto.

El ser virtual existe porque cada vez son más los usuarios que pasan casi el mismo tiempo en la red que en el mundo no virtual. Los bots, que ya han llegado a algún pleno del Congreso de los Diputados, están a la orden del día y los asistentes virtuales como Google Home o Alexa están presentes en cada vez más hogares. Pero la frontera entre lo virtual y lo que tradicionalmente se ha conocido como real es hoy quizá más evidente que en cualquier otro tiempo.

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