Hace años que me gusta el freestyle, una modalidad de rap que se basa en la improvisación de rimas o minutos al momento. La forma más extendida y comercial de realizarlo es a través de batallas en las que dos o más participantes se enfrentan entre sí con el objetivo de crear mejores rimas que el rival. En el desarrollo de la batalla, hay quienes usan diferentes dialécticas para la creación de un punchline final que haga enloquecer al público.

Desde los albores primarios de esta cultura se ha evolucionado hasta el nivel de complejidad máximo que se puede ver hoy en día en competiciones como la Freestyle Master Series o las competiciones nacionales e internacionales de Red Bull. Ahora no sólo vale con rapear bien, sino que se debe hacer con estímulos como imágenes o palabras que se suceden en una pantalla tras un determinado y corto periodo de tiempo. Así pues, los participantes se miden para ver quién resulta ser el mejor del panorama en un espectáculo muy entretenido.

Ahora los freestylers no sólo deben poseer una capacidad increíble para la improvisación a través de rimas y un oído musical loable, sino que también tienen un gran dosis de ingenio, un componente agresivo en sus personajes que hace las batallas más atractivas y una manera de fluir sobre la instrumental que, en ocasiones, hace que lo improvisado parezca realmente una canción. No obstante, como una vertiente del rap y la música urbana, el freestyle se vincula con los aspectos más turbios de la vida en las grandes urbes. Delincuencia, vida marginal y drogas son algunos de los temas más tratados en las competiciones de freestyle. Lo que se denomina “la calle”. Es decir, haber tenido una experiencia vital dura y oscura en la que nada ha sido fácil.

© Gianfranco Tripodo / Red Bull Content Pool

Crear una cultura que gire en torno a la violencia y lo que esta genera nunca ha sido sinónimo de prosperidad. Sin embargo, el ambiente en el que se desarrolla el freestyle con los máximos exponentes actuales de esta disciplina dista mucho de recrear un modelo negativo de espectáculo y cultura. Aunque es cierto que en los bajos fondos de la expresión y competiciones sigue existiendo un modelo algo arcaico de esta modalidad cultural, el freestyle tiende a avanzar y profesionalizarse.

Es por ello que cada vez surgen figuras más jóvenes y más preparadas que irrumpen en el panorama internacional con una fuerza pocas veces vista en el pasado. A pesar de que hay infinitas variedades de rapeo, resulta extraño ver momentos en escenarios en los que los participantes lleguen a las manos. El freestyle y las batallas de gallos han hecho de la pugna violenta una representación cultural que apuesta por ganar al rival a través de las palabras.

La violencia de las calles no es para estar orgulloso.

Skone

Así pues, cada vez hay más competidores que dejan atrás la narrativa tradicional de la música urbana. Las drogas, las armas, la violencia y la marginalidad siguen estando muy presentes, pero quizá sea así como se pueda encauzar un problema tan antiguo como la propia sociedad. Los nuevos artistas tratan de expresar los problemas y sus vivencias a través de improvisaciones con un alto grado de complejidad. Ahora ya son profesionales de la cultura y el entretenimiento, modelos que los chavales observan en competiciones.

El freestyle ha evolucionado desde su concepción hasta crear un auténtico modo de vida. Una salida para jóvenes con mentes brillantes que no ven en las expresiones más tradicionales de cultura la forma de contar lo que quieren decir. Es cierto que los insultos y otras expresiones de su índole son inevitables, pero su utilización se remite al ámbito del espectáculo y no son más que medios para tratar de superar a un rival. Una corriente expresiva que cada vez cuenta con más seguidores y profesionales.

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