Si Bolaño todavía viviese no solo en los libros, quizá escribiría una segunda parte de La literatura nazi en América. O puede que no, pero prefiero pensar que sí. Si hoy transitase por las librerías y no solo entre líneas escritas, encontraría fuentes de inspiración por doquier para dar rienda suelta a esa envidiable imaginación de la que hace gala en sus obras. La literatura nazi en América, publicado en 1996, no es nada más y nada menos que treinta biografías de personajes ficticios que de una forma u otra están relacionados con la literatura y el fascismo, divididas en trece capítulos a los que se suma un “epílogo para monstruos”. Algunas de ellas ni siquiera llegan a una página de extensión; otras, por su parte, superan las veinte. Todas ellas están unidas entre sí por un fino hilo narrativo y por el sutil sarcasmo con el que describe a sus personajes.

Cada biografía en sí misma es una pequeña historia llena de ironía que no debemos considerar de manera independiente. En su conjunto se deja entrever una soterrada crítica con la que el autor parece meterse de lleno en el debate de si se puede separar obra y artista: a pesar de la locura y la intransigente ideología que presentan los escritores, su obra es, en ocasiones, muy reconocida y admirada. Digo en ocasiones porque en otras lo que se nos muestra es un fracaso estrepitoso producto de la poca habilidad de escritura o de los plagios cometidos, motivados en su mayoría por delirios de grandeza y necesidad de atención. Independientemente de esto, lo que sí deja claro es que poco les importa a los receptores los pensamientos del autor, aunque este hecho me parece que está presentado con ligera pesadumbre. Creo que a Bolaño le hubiese gustado plasmar en su obra un total rechazo a estos autores, pero no puedo hacer más que representar la realidad. ¿Merece un fascista declarado, un fiel seguidor de Hitler, un nostálgico del Tercer Reich reconocimiento público? Allá cada quién con la respuesta.

El estilo que presenta esta obra es casi periodístico, aunque el propio Bolaño define su creación como una novela. Si alguien me preguntase a mí personalmente si lo recomendaría a alguien bajo la etiqueta novela, diría que sí, pero con comillas o interrogantes. Aunque no se ajuste a la forma de lo que hoy comúnmente conocemos como tal, dicha etiqueta ya le otorga, por definición, el carácter ficticio en el que tanto hincapié se hace en la contraportada: en ella se dice de los personajes que son “autores todos ellos ficticios, todos ellos inventados, frutos de la imaginación que les da vida”. Pagaría por saber en quién pensaba esa imaginación mientras tomaba la pluma.

Como sea, es inegable que, a pesar dicho carácter ficticio, el lector, deseoso de encontrar alguna referencia, busca algún vestigio de realidad escondido entre sus páginas. Bolaño intercala sus personajes con escritores y obras reales, lo que le otorga tan alto grado de verosimilitud que si comenzásemos a leer el libro a ciegas, quizá estaríamos en estos momentos buscando sus nombres en Google creyendo que son reales. El fino hilo narrativo que los une hace que, de manera fugaz, unos personajes aparezcan en la biografía de otros como amigos, conocidos o incluso enemigos; se crea así todo un mundo imaginario con una crítica proyectada hacia el futuro. Es destacable que el tiempo en el que transcurre la narración vaya desde los últimos años del siglo XIX y primeros del XX hasta, aproximadamente, el año 2030: “nada va a cambiar de aquí a treinta años”, pensaría; “nada ha cambiado”, le confirmo. Me atrevería a decir, de paso, que ese imaginario en el que todo se intercala requiere de un lector atento para captar las referencias a las vidas de otros autores, los saltos temporales y, sobre todo, para captar y disfrutar esa ironía que tiñe toda la novela.

Finalmente, antes del “epílogo para monstruos”, el cual constituye una lista de autores y referencias bibliográficas nazis (ficticias, cómo no), el propio Bolaño se incluye en su propio mundo a través de un relato en primera persona. Su propia vida se entremezcla con la de un tal Ramírez Hoffman en un final que no decepciona. Esta última parte sí que adquiere un carácter más novelesco comparado con el resto de la obra y es, en mi opinión, lo más destacable de toda ella. Una vez un profesor me dijo que no había nada más importante en un libro que sus primeras y sus últimas paginas ya que, al fin y al cabo, lo del medio, según él, siempre queda en el olvido. Quizá tenga que darle la razón y admitir que este final es un remate tan certero que influye en gran parte en la positiva opinión que doy de este libro.

La literatura nazi en América es, en fin, el principio de todo. Algunos de los nombres que aparecen los veremos también en distintas obras de Roberto Bolaño, por lo que sirva este libro de presentación de los personajes que una imaginación desbordada creó. Me cuesta describir un libro tan original como este, un libro sin trama, sin nada más que la vida de treinta personajes. ¿Cómo le diría a alguien que aún no lo tiene en su biblioteca que se haga con él aun sabiendo que probablemente le provoque indiferencia? No lo sé. La belleza está en el proceso y en el lenguaje que, aunque simple, consigue transmitir algo.

La revolución pendiente de la literatura, venía a decir [Jules] Defoe, será de alguna manera su abolición. Cuando la Poesía la hagan los no-poetas y la lean los no-lectores.

‘La literatura nazi en América’, Roberto Bolaño

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