El Aeropuerto Roma-Fiumicino está algo retirado de la ciudad eterna. Por carretera es una media hora hasta llegar al núcleo urbano que compone la capital italiana. Taxi o alternativas más modernas en las que ya sabes por anticipado el coste del viaje. Si llegas cansado y no te apetece hablar, seleccionas el destino y te olvidas del resto.

Carreteras que conducen a Roma, dicen, son todas. Pero lo que normalmente se olvida mencionar es que no están en tan buen estado como uno desearía. Entre badenes y baches, el turista comienza a experimentar lo que el mundo concibe como Roma. Afuera, ruido y motos. Muchas y, por norma general, muy ruidosas. Coches pequeños capaces de moverse con agilidad por las estrechas callejuelas. Aparcables en los pocos huecos que se suelen encontrar en la ciudad. Si no, no pasa nada; casi cualquier sitio vale para dejarlo.

Dicen que los hoteles no son nada del otro mundo, es verdad. Pero es que estás en Roma; tampoco se puede pedir mucho más pienso mientras entro en una habitación amplia de un hotel en el Trastévere. Que dónde puedo cenar a estas horas de la noche. Por aquí no, dicen en un idioma mediterráneo entendible. Si ando un poco llegaré a la zona movida del barrio. Garitos, pizzerías y jóvenes bebidos. Aunque todavía no es fin de semana, se ve lo prometido.

De cenar pizza, que no se diga. Muy buena, por cierto. La alternativa es la pasta. Dura, dice mi padre. Al dente, le replico yo. Un sitio con gente del lugar por lo que a mis oídos llega. Que no es español, pero si se presta atención entiendes algo. Buena señal. Al final, el sitio parece no defraudar. Breve paseo interrumpido por la idea de visitar la Fontana di Trevi. ¿Vamos? Vamos. Dicen que es muy bonita por la noche, pero yo sólo la había visto de día. Al final es verdad, parece más bonita de noche y, además, sin turistas. Menudo lujo. Unas fotos y ya que estamos un brebaje tropical para el cuerpo. Un paseo agradable de noche con la compañía de las calles desiertas de una Roma que veo por primera vez dormir. Y, de repente, el Panteón. Cerrado ya, pero no deja de ser bonito por fuera. Ya es hora de ir a acostarse.

El día siguiente ya programado con antelación. No por mí, que soy un desastre. Primer contacto con el tranvía. Anticuado, pero usable. Ruidoso como todo por allí. Me paso de parada por un error de cálculo. De frente, un imponente edificio que preside una enorme plaza. Altare della Patria lo llaman. Yo lo conocía como el Monumento a Víctor Manuel II. Al final da igual, el sitio es grandioso como casi todo a su alrededor. Escalones, esculturas y la posibilidad de subir al mirador en un ascensor de cristal. Ya que estamos, habrá que hacerlo. La entrada insultantemente barata para jóvenes, estudiantes y diversos grupos invita a hacerlo. Las vistas, también. Arriba, Roma desde el cielo. A un lado edificios contemporáneos, calles que pasarían como normales en cualquier otra capital europea. Más allá, el Olímpico de Roma. A la izquierda, el Vaticano. Una cúpula imponente que resalta en su forma semicircular entre todo lo cuadrado.

Detrás, lo que queda del Imperio. El foro y, sobre todo, el Coliseo. Anfiteatro Flavio digo para que mis padres vacilen. Hermoso, inmóvil y majestuoso se alza de entre las ruinas de lo que fue cabeza del mundo conocido. Qué calor hace aquí y ahora. Un sol de justicia, como si todavía permaneciéramos en verano. Pero qué tranquilo está todo cuando lo tienes a tus pies.

Enfilando ya la Vía dei Fori Imperiali. Digo yo que los romanos la llamarán de alguna otra manera, pero no conozco más nombre que ese. Artistas callejeros que cantan y pintan. El foro, la Domus Aurea y un señor que da espectáculo. Canta, micrófono en mano, mal y baila casi peor. Pero la gente se lo pasa bien y el tipo se gana su dinero. Ganan todos disfrutando de su peculiar puesta en escena.

Qué bien sienta algo frío a esas horas del día con un sol sin tregua. Un refresco, que yo no bebo, y como cortina de fondo un edificio de casi dos mil años, según hago saber a mis acompañantes. Con la entrada ya pagada, me adentro por una de sus entradas en un sitio que debe respirar historia y sangre. Por fuera, precioso; por dentro, imponente. La arena está siendo restaurada y las galerías inferiores quedarán cubiertas en un par de años. Se verá lo que veían los asistentes de antaño. No puedo evitarlo y digo aquello de que soy Máximo Décimo Meridio y tal. Solemne, grande, solitario. En sus piedras, el efecto de los años. Como arrugas en la piel de un anciano maltratado por el tiempo. Sí, papá, antes todo tenía la misma altura, los mismos niveles, la misma superposición de órdenes arquitectónicos. Pero no está tan mal, ¿no?

A comer. Pasta o piza, ni me acuerdo. Cerca del Vaticano que es lo que toca esa tarde. Como si fuera un bar madrileño porque de cuatro mesas que hay cerca, tres están conquistadas por españoles con un plan, imagino, similar al nuestro. Todo estaba bueno y no muy caro. Una calle con tráfico y lo que se ve ya es otro país. Las columnas de Bernini asoman ya por el lateral de la plaza. Unos pasos más y ya en el centro mismo de la Plaza de San Pedro. Que si por ahí sale el Papa a decir sus cosas. Digo yo que sí, mamá. La fachada de Maderno que, en mi humilde opinión. no hace justicia al interior, ni a la columnata, ni a la cúpula. Pero fea tampoco es.

Hay que pasar de largo para entrar a los Museos Vaticanos. A mí me hace más ilusión explicar que ver, que ya he estado antes. Mucho rato viendo arte de todo tipo. Me entretengo contemplando las salas de Egipto y Mesopotamia. ¿Y por qué lo tienen estos aquí? Pues porque lo habrán cogido o se lo habrán dado, papá. La momia esa es de verdad, te lo juro. Y mírala, casi mejor que nosotros.

Al final de todo, la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. No está mal, la verdad. Habiéndolo estudiado tantas veces no puedo pensar primero que vaya cosa pintar hacia arriba. Me consuela oír eso mismo de boca de mis padres. Pues sí, menudas cosas tenían. Y si te fijas un poco, una de las escenas más famosas de la historia del arte. Ahí está la mano de Dios, no la de Maradona, a punto de tocarse con la de Adán quién sabe para qué. De pequeño escuché una vez que se trataba de la escena posterior a cuando Dios decidió quitar poderes al primer hombre. Se me quedó grabado en la mente.

Ya casi anochece y ahora sí se está bien. El sol ha ido a esconderse y lo inunda todo una apacible calma sólo rota por el jaleo de miles de turistas apelotonados en busca de la misma foto. Lejos del hotel, lo mejor será dar un paseo y cenar cuando ya caiga la noche. Pasta, no recuerdo el tipo ni la salsa, pero sí que me gustó.

La mañana siguiente de nuevo al tranvía, el mismo del día anterior. Esta vez sí bajo donde debía. Hoy no hay nada planeado así que toca enseñar iglesias y plazas varias. Todas muy bonitas según mi madre. Entonces yo digo lo mismo. El Panteón espera. Tras una breve espera, el óculo en su cénit sorprende. Si llueve te mojas, de verdad. Se ríen y yo con ellos. Entre casetones y dimensiones pregunto que si les gusta. Que sí, mucho. Afuera un bar muy caro, pero con una terraza de envidiable situación. Una Coca-Cola fría admirando tal obra de arquitectura clásica.

La Fontana di Trevi hasta arriba. Menos mal que vinimos el jueves por la noche, que no había nadie porque así no luce nada. Fuentes, iglesias y plazas. Cuando me quiero dar cuenta ya he cenado y estoy en la cama. Al día siguiente despegué tras recorrer a la inversa los kilómetros que me llevaron a Roma. Yo vine en primavera y ahora en otoño. Tampoco cambia tanto; será por eso lo de ciudad eterna. O a lo mejor no. Pero es muy bonita. Aunque el aire se respire sucio y el ruido sea incesante. A pesar de que tengas que apresurarte para cruzar una calle porque los semáforos estarán diseñados para velocistas. Roma, al fin y al cabo, seguirá allí.

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