Estaba yo navegando por Twitter cuando he entrado en mi perfil y me he topado con un tuit mío de la pasada semana. Era uno en el que animaba a la gente a leer un artículo de Cristian Pinto sobre Thomas Lemar. No había caído en la cuestión hasta hace un momento, pero en el remate del artículo, Cristian escribe Dios con mayúscula.

El tema de las palabras con letras capitales me ronda la cabeza de vez en cuando. El error es fácil de cometer en ocasiones, cuando no se sabe si se cita un sustantivo común o algo como nombre propio. Con Dios suele pasar, pero para ello no hay regla ortográfica definitoria. Se deja a gusto del elector, supongo. Si lo toma como un concepto general como cualquier otra cosa, minúscula. De otro modo, mayúscula.

Yo siempre procuro escribirlo como si se tratara de alguien más con su nombre y todas sus peculiaridades, no vaya a ser. Y es que leyendo Los vencejos de Fernando Aramburu me he dado cuenta de lo absurda que puede llegar a ser la existencia cuando no opta a ningún propósito; ni mayor o menor: nulo. Al final se termina por determinar que, al fin y al cabo, no existes o, si acaso tienes algo de fortuna, sí, pero por ahora.

En el instituto me enseñaron que la fe es una especie de virtud, un don que uno debe trabajar y cultivar. Es decir, que se puede creer porque sí, pero no todo el mundo puede hacerlo. Y, oigan, eso tampoco está tan mal. El mundo sería un auténtico bodrio de no ser así. Será que yo, como en muchos otros aspectos, me quedé a medio camino. Ni sí ni un no rotundo. Ahora lo llaman ser agnóstico, pero yo lo llamo rezar en el avión.

Por norma general, yo rezo un par de oraciones antes de despegar. Le pido a Dios que no me estrelle y me mate tras una caída en picado u explosión en el aire. De momento, toco madera, no me ha ido del todo mal la estrategia. Aunque también me acuerdo de él en algún otro momento. De vez en cuando pido algo de motivación y suerte o justicia (según se tercie) para un examen. No sé hasta qué punto el altísimo escuchará mis plegarias, pero yo me quedo más tranquilo.

¿Que si la religión es el opio del pueblo? Pues yo qué sé. Diría más bien que no, pero que no del todo porque hay muchas cosas raras en el mundo y tanta gente como para romper todos los esquemas habidos y por haber. Algo de consuelo hay sin duda. Alguno dirá que tremenda paparrucha. Que cada uno haga lo que quiera y que a mí me dejen en paz.

Lo mismo el día que no me dejen rezar en el avión me hago extremista cristiano sólo por tocar los bemoles. No creo. Yo soy más de llevar la fe, o lo que carajo tenga yo, por dentro. No voy ni tengo pensado ir a misa, pero tampoco critico a los que lo hacen. Escribía el otro día en un cuaderno que a lo mejor me he hecho un Dios a mi medida. Lo mismo sí. Pero si Dios es buena gente como yo, entonces no puede estar muy alejado de lo que yo creo.

Recuerdo que pensé que a Dios le puede importar poco los pecadillos que un servidor pueda cometer. Que Dios debe ser como un árbitro inglés que deja jugar, aunque la metáfora ha envejecido un poco mal. Yo pido a mis deidades personales, como un buen romano, que intercedan y me echen un cable de vez en cuando. Lo mismo así funciona la cosa mejor. A saber.

Yo cuando escuché aquella idea de Marx pensé que qué tendría que ver el opio y la religión. Yo pensaba que eso era una cosa que se le echaba al cocido. Luego me hice mayor y me di cuenta que tampoco iba tan mal encaminado, pero confundía términos: es algo que si te lo echas a ti, te deja cocido.

¿Que si se escribe con mayúscula? Allá tú, como el programa aquel. Yo de momento sí, no vaya a ser. Seguiré rezando antes de despegar en los aviones y pidiendo suerte o justicia en los exámenes. Salud y poco más, tampoco hay que ser avaricioso. Las gracias y unas buenas noches. No sé si es miedo, que puede ser, u otra cosa. De momento que así siga y que sea cada cual quien escriba como quiera.

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