El presente no hace más que intentar sorprendernos. Presos que salen de prisión por obra y gracia de un ser superior misericordioso, los cien metros los gana un italiano, Messi se va del Barça y Ramos del Madrid. No sé qué será lo siguiente que contemplen unos ojos curados de espanto. Y no lo digo con ironía. Lo desconozco; ignoro por completo lo que se inventarán para sorprender a una sociedad tan habituada a lo extraordinario que vive sin recuerdos.

Siempre han dicho que el alzhéimer es una de las enfermedades más duras porque el afectado tiende a borrar nombres, rostros y costumbres de su ideario hasta quedar dependiente. Un individuo con arranques de lucidez provocados por una canción o una conexión neuronal que luego vuelve a su triste ser. Se dice que con los años se pierde lo único que al final acaba por pertenecerte. Ni que el pasado fuera patrimonio privado de su poseedor.

Tiendo a pensar que hace unos años fuimos felices, por lo menos más que ahora; tampoco es muy difícil. Los nuevos jóvenes se hipotecaron hasta las cejas, pero hasta que todo se fue al garete, disfrutaron de un trabajo con buen sueldo, buenas vacaciones, buenos coches y hasta un techo bajo el que vivir. Nadal ganaba Ronald Garros, España vencía en fútbol y baloncesto, Alonso regalaba domingos pegados al televisor. Poco más y nos montamos otra vez en unas carabelas y la volvemos a liar. Pero nada de eso. Condenados por nuestras virtudes más oscuras nos quemamos por volar demasiado alto.

Los que vivimos aquello con el filtro de la infancia tenemos la espinita de no ser conscientes de lo que eran los “buenos tiempos”. Adolescentes bajo una crisis sin precedentes, las noticias abrían con primas de riesgo, cifras del paro y recortes del Gobierno. Y cuando la juventud despuntaba con un fino haz de esperanza, una pandemia mundial. No padecemos de una degeneración progresiva de la facultad de la memoria, pero nuestros recuerdos se muestran con el cariz del predicador del desastre: la que estaba por llegar.

Tampoco es para ser agorero. No estamos tan mal. Como se suele decir, podríamos estar peor: tiesos en lo corpóreo porque en lo económico no hace falta ni echarle imaginación. No todo son malas noticias; en parte porque en Antena 3 abren el matinal con el nacimiento de cualquier criatura adorable en un zoo a tomar por el culo. Oigan, no le deseo el mal a ninguna nutria ni oso panda, pero si esa es una estrategia institucional para hacernos sonreír mientras desayunamos, desde aquí hago saber que no es demasiado efectiva. Con el pajarito azul chillando en la pantalla, el vertedero humano entra por los ojos según caemos en la trampa de abrir la dichosa aplicación. Uno que se casa, el otro que se separa y así con todo.

Yo ya estoy cansado y veo a todo el mundo como un álbum de recuerdos incapaz de ver más allá de lo inmediato. Por eso nada nos sorprende, supongo. Hace ya algún tiempo que me dedico a investigar en mi propia memoria, a coexistir con mi pasado y recordar asuntos que tenía como olvidados. No es que me importe todo un comino, pero casi. Lo mismo he elegido mala profesión, pero disfruto aporreando el teclado.

Gracias a la homogeneización de una sociedad que se prometió diferente no hay ningún elemento extraordinario que se separe de lo común. Todo se hace en busca de reacciones, likes o comentarios. Retos virales e hilos de Twitter a los que sólo les falta un “✨✨ Hilo de experiencias sobrenaturales que todos hemos tenido ✨✨”. El mundo, sorprendentemente, se ha hecho aburrido a sí mismo. Pero no nos engañemos, hay mucho más allá de la pantalla del teléfono que nos obliga a vivir de acuerdo con el resto.

Yo ya ni me esfuerzo: que cada uno haga lo que quiera y que a mí me dejen tranquilo. De momento funciona. Allá cada cual con su tiempo. Afuera permanece un recuerdo ancestral de lo que es la vida y parece que nadie se empeña en descubrirlo. Quizá porque el que lo sepa no lo va predicando en las redes. Mientras que el móvil nos recuerda que es el cumpleaños de la abuela, debatimos en Twitter sobre la última medida del Gobierno. A saber qué nos importa.

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