En un par de días encerrados se nos han marchado casi dos años. De tener veinte a veintidós tacos. Quince meses en los que la juventud ha preparado, sembrado y recogido los frutos de una tierra baldía y heredada. El lugar en el que quizá haya pasado tanto que ya no quede nada más que malos augurios, paro e internet. Un desierto con fibra óptica para que cada uno de nosotros seamos pregoneros de nuestras historias sin que nadie haya preguntado.

Con una tasa de desempleo juvenil que casi llega al cincuenta por ciento, los jóvenes españoles de la que se decía generación más preparada de la historia vagabundean en los restos de las colillas de un sistema pirómano. Porque quema todo lo que toca y porque ya sólo quedan cenizas de los cimientos del imperio pecuniario. Del ilusionante 2.0 pasamos a una actualización desmejorada y gris sepultada por el 2008 y su crisis. Ya en el hoyo, el Covid-19 no ha hecho más que asistir al sepelio de un joven tragicómico: que sabe de su desventura y se ríe de ella. Pero la risa, risa es y de eso no se suele comer.

De los albañiles hipotecados pasamos a universitarios sin ocupación. Talento desparramado en las garras del antropófago capitalismo imperante. Cada vez más y cada vez más divididos. Hablar de jóvenes es como generalizar el reino animal en animales con pelo y sin él: absurdo. Tribus sin nombre bailan alrededor de un fuego virtual e ignoran la convivencia con el resto. La cueva de Platón, pero sin cueva. Urbanitas en pisos pequeños que buscan a su vez otro sitio más pequeño que poder pagar con su sueldo miserable.

Lo de antes era fuga de cerebros y lo de ahora no tiene ni nombre. Alcohol y marihuana comparten vida con cada vez más chavales. Nubes negras en el horizonte que se prometió inmediato: de lo que estaba aquí y ya no se divisa. Ya no existe precariedad porque habrá que inventar un nuevo término para referirse al estado de vértigo constante en el que un trabajador temporal se ve sometido durante todo lo que pueda.

Y pobres de los que se atreven. Montar algo que dé algo de dinero ya es difícil, pero ahora más si cabe. Cientos de jóvenes ven en sus seguidos la oportunidad de ser como ellos, de replicar un ejemplo posible porque “eso lo puedo hacer yo”. Y la mayoría de veces, nada. No te ve ni Dios, otro que tal baila. Y aunque te vean a rezar para que llegue el dinero vía cifras en el móvil. O sigues o paras; tampoco hay mucha opción. Continuar con el que quieres que sea tu sueldo, tu legado o abandonar un trabajo de horas, meses y años para probar suerte en la “vida real”.

Qué complejo ha sido siempre ser joven, supongo. Porque yo lo soy ahora. Quizá mi ahora sea más fácil que los de antes; nunca lo voy a llegar a saber del todo. Lo que parece ser es que no contentos con seguir mal, bailamos el agua a los culpables. Más leña. Y Los Otros siguen lejos a nuestra costa. Qué fácil parece porque a lo mejor lo es. No quedará más remedio que resignarse, supongo. Eso o ponerse de acuerdo para decir que hasta aquí y desmontar lo que se montó sin perspectiva de futuro viable. Y, fíjense, me parece que es más fácil lo primero. Aquí seguiremos hasta que nos dejen o hasta que dejemos de poder pagar.

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