Arturistas

Hay un motivo por el que mis últimos artículos están consagrados a Twitter: es la proclamación de la mierda como heredera de la civilización. El pájaro padre se ha convertido en deidad azul, como si se tratara de un dios hindú. El ave maldita pía sin cesar en un torrente de verborrea tan constante como anodino. Entre descomunal derroche de tiempo, caracteres e internet se cuela algún ignorante supremo, supongo que nacido en las entrañas de la red social. Como si de un uruk-hai se tratara, estos orcos perfeccionados saltan al ruedo -al virtual, que son animalistas- con ansias tremendas de demostrar su infinita estupidez.

Brotan de los agujeros más oscuros de la libertad postmoderna bajo la bandera de no sé qué porque cada uno tiene la suya y no estoy seguro de que en algún momento existiera una para unificarlas a todos, todas y todes. Se suben a un altar endeble construido por ellos mismos y, en nombre de quien quiera apoyarles, comienzan su espectáculo a base de ocurrencias. En sentido literal, paridas. Porque para dar a luz semejantes razonamientos, la mente humana debe encontrarse perturbada, confundida o en blanco.

De ese mismo color debí quedarme cuando vi en la pantalla del iPhone un retuit de Arturo Pérez-reverte. El escritor contestó a una mención con vídeo incluido. En él se puede ver una escena a la que quizá sobren calificativos. Una joven, disculpen ahora mi desconocimiento sobre los nombres de los interventores, comienza a articular un discurso -o a intentarlo- sobre por qué deberíamos entender y utilizar el lenguaje inclusivo. Todo esto enmarcado bajo el sello de Buenismo Bien, programa emitido por la emisora líder en España, la Cadena SER.

Como si de una composición pictórica se tratase, una suerte de señora se sitúa al lado de la que defiende, con dudosa claridad, un alegato ruinoso. Salta de «en plan» a «o sea» mientras intenta convencer al mundo de que se debe hablar castellano como ella lo concibe. De ese modo no tendríamos de qué preocuparnos pues la mitad de palabras de los libros serían muletillas. ¡Se leerían en la mitad de tiempo! Una idea nada despreciable, pero dudo mucho que la joven lea algo más allá que los tuits de sus seguidos.

Pero, oigan, tampoco es para ponerse melodramático. Si se tiene que cambiar algo, pues se cambia y ya está, ¿o no? Yo, como individuo siempre achacado de pereza, optaré por no acatar los pseudocambios lingüísticos que la próxima guardiana del idioma quiere imponer. Me declararé arturista o revertiano, qué se yo, por aquello de que hay que pertenecer a algún colectivo social. Y si no existe, pues ya lo creo yo.

David Jiménez Flores
Un hombre libre.

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