A menos de dos semanas para las elecciones madrileñas, se están llevando a cabo varios debates electorales a los que los candidatos acuden, en teoría, para presentar sus propuestas y decir por qué consideran que son la mejor opción para Madrid. Dichos debates son fruto de la actual campaña electoral, aunque da la sensación de que llevamos en campaña desde mucho antes de que Díaz Ayuso llamase a las urnas el próximo 4 de mayo. Nos encontramos día tras día debatiendo en redes sociales, tirándonos piedras (y sobres con amenazas) impregnadas de odio de unos partidos hacia otros, pero el atronador griterío parece adquirir protagonismo cuando los vemos por la televisión o los escuchamos en la radio.

El último debate ha acontecido ayer por la mañana en Cadena SER, y debo reconocer que tuve que apagar la radio cuando una candidata comenzó a levantar la voz por encima del resto para reclamar su turno de palabra porque mi cabeza ya no daba más de sí. Más tarde he leído que tres integrantes de la mesa abandonaron el debate por motivos, en mi opinión, claramente justificados; mas, independientemente de esto, la razón por la que hoy escribo no va de colores ni ideologías: va de haber convertido, entre todos, el escenario político en una especie de Sálvame en el que quien más grita es a quien más se escucha. Algunos ya tenemos la cabeza atronada de tanto «o blanco, o negro» y pedimos, por favor, un poco de calma y seriedad.

Los partidos políticos, sus integrantes y sus más fervientes seguidores llevan mucho tiempo gritando; para ello solo es necesario publicar un tweet y dejar que la comunidad haga el resto. Vídeos de apenas un minuto, medias verdades, carteles provocativos y discursos sencillos que apelan al sentimentalismo son la clave para llamar la atención. De hecho, eso es lo que votamos: un discurso sencillo que diga que nos defiende a nosotros, concretamente a nosotros, independientemente de que luego sea o no verdad. Sabemos todo lo que dicen defender y, sin embargo, continúan gritando y reclamando su lugar. Cualquiera que asista con estupor a estos episodios verá que es siempre lo mismo: derecha e izquierda se lanzan pullas con los mismos argumentos que llevan repitiendo tanto tiempo que no es ni siquiera necesario exponerlos aquí para que el lector sepa a qué me refiero. A veces incluso hasta se rebaten.

Otra cosa que me llama la atención es que, cuando se les echa en cara las maneras en las que actúan, se amparan bajo la aclamada y dichosa libertad de expresión, la cual para unos significa, erróneamente, amenazar de muerte a una persona y quedar impune. ¿Cómo puedes debatir con una persona que te infravalora por tus ideas y considera que puede insultarte libremente? ¿Dónde queda el respeto y la serenidad? Hoy ha desaparecido de la política, aunque esperemos que no para siempre.

Queridos partidos políticos (y sus más fieles y radicales seguidores): ya lo habéis gritado todo, y los que os quieran tal y como sois os votarán; otros solo os votaremos por descontento (o contento) con la situación actual. Ya sabemos que no os cae bien nadie que no sea vosotros mismos: lo gritáis todos los días. También sabemos que a la hora de pactar germinarán nuevas amistades entre vosotros. Sé que no hablo por mí sola cuando digo que me provocáis un hastío terrible y, lo que es peor, hacéis que me sienta políticamente más desamparada que nunca.

Imagen de portada: debate del 21 de abril en Telemadrid

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