Será por opinar

Con la expansión de las redes sociales se ha popularizado la idea de que cualquiera tiene derecho a opinar. Esto es así le pese a quien le pese en cualquier estado democrático que se tenga como tal. Todo individuo independientemente de su raza, sexo o condición social debe tener la garantía legal de poder expresar sus ideas con la libertad que el estado de derecho le garantiza. Internet se ha convertido en una especie de estado global por lo que la libertad individual se ha visto alimentada por la aparición de las redes sociales, al menos en apariencia.

Los usuarios opinan libremente sobre cualquier tema que se tercie. Fútbol, política, medicina o ciencia. Cualquier cosa vale para hablar de lo que sea en lo que antes eran conversaciones de barra de bar y ahora tuiteos masivos a golpe de teclado. Unos opinan algo, otros le secundan y aquellos les atacan. El pan nuestro de cada día en internet. Y si algún intrépido y probablemente neófito usuario de las redes en internet se atreve a intentar desmontar un argumento sustentado por construcciones etéreas con argumentos sólidos como ladrillos saldrá poco menos que escaldado.

Médicos, profesores, historiadores y estudiosos en general ven cada día cómo centenares de lumbreras atacan cualquier cosa por tener el derecho y la obligación de opinar. Porque si quedas al margen de cualquier corriente opinatoria y subjetiva por definición te acabas dibujando como poco menos que un ser insulso sin convicciones de ningún tipo con una vida tan triste que ni merece la pena mostrarla por las redes. Opinar ya no es deporte nacional, es una obligación moral impuesta por una masa social cada vez más enfadada con todo y todos.

La piedra que se tira al agua y forma ondas que cada vez llegan más lejos. Sólo con el impulso de un brazo y la ayuda de la gravedad. Sin más ánimo que el de contribuir se acaba creando una tendencia pasajera y peligrosa a partes iguales. Porque ya no es el mero hecho de sentir pertenencia, es la necesidad de mostrarla. Exhibir galones en tuits con interacciones en los que se critica o juzga cualquier cosa sujeta a interpretación. Y si no lo está, se inventa y santas pascuas.

No hay problemas en erigirse ignorante siempre y cuando se tenga apoyo detrás, aunque esto no es nada nuevo y qué mejor ejemplo que nuestros políticos. Sumar un «pues a mi me parece» a otro «yo creo que» para terminar construyendo un castillo de arena tan endeble como inexpugnable. Porque cualquier profesional de alguna materia que use como argumento descalificante su amplia formación y estudio quedará inmediatamente en fuera de juego con algún «ahora dilo sin llorar».

Lo que antaño quedaba entre amigos ahora está expuesto en un escaparate tan largo como el mundo. Opiniones pueriles, parcializadas o dañinas se guardan en el cajón de la mugre de Twitter para que cualquier día de infortunio, o de suerte según para quién, salgan a relucir por obra de un algoritmo. Mientras que médicos, profesores, ingenieros o historiadores ven cómo su materia de estudio ya no queda desplazada a una discusión de bar y cerveza, sino a una pelea entre perfiles con nombres falsos.

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