Silencio

Hace casi un año que me aventuré en una fría mañana de finales de primavera a subir el Pico Ocejón. Lo cierto es que la ruta de ascenso no es conocida por su particular dureza, aunque hay que estar mínimamente preparado para acometerla. Es una escapada común entre grupos de amigos y gente normal en Guadalajara. Subir el Ocejón significa ir a pasar el día al monte y ya de paso hacer algo de ejercicio que nunca está mal. Gracias a las lecturas de novelas de aventuras y libros de alpinismo, despertó en mí una peculiar sensación. Necesitaba por algún motivo probar si podía subir o no esa montaña que veo a lo lejos cada vez que voy a dar un paseo.

Esta semana lo he vuelto a hacer. Pero lo cierto es que no había en mis intenciones ni un ápice de motivación ni de reto. Quería retirarme, al menos por un rato, de la sociedad. Andar por un camino sin nadie alrededor y escuchar lo que el lugar y el momento tuvieran que decir. El martes me aventuré junto a mi hermana a hacer la ruta y a Dios gracias que vino porque de otro modo me hubiera dado la vuelta rápido. Mientras que ella incansable subía pendientes como si hubiera nacido allí, yo suplicaba un alto en el camino para poder mantener los órganos vitales dentro de mi cuerpo.

Todo iba bien en términos generales. Un sol radiante me permitió disfrutar de la ruta y ver los paisajes de los que la niebla me privó la última vez. Al ser un martes por la mañana, encontramos un total de cero personas en cinco horas que tardamos en recorrer toda la ruta. Una fantástica noticia para mí pues era precisamente lo que buscaba. Los afloramientos rocosos y el ruido incesante de la Chorrera de Despeñalagua se convirtieron en constantes. Poco a poco fui recordando los detalles del camino hasta alzar la vista y descubrir en una mezcla de pavor y asombro la cima de la dichosa montaña.

Un paso tras otro y después una paradita constituían mi particular itinerario de supervivencia mientras mi hermana convertida en corredora de trail ascendía la ladera a un trote de ritmo altamente insultante. Desde unas decenas de metros abajo yo gritaba «¡Eva, por favor. Vámonos ya que desde arriba se ve lo mismo». Pero ni puto caso. En uno de estos intervalos de ruegos y súplicas tomé conciencia de mi situación: estaba bastante lejos de todo, lo suficiente como para que nadie me encontrara si se propusiera buscarme. Esa sensación se posó en mi cabeza como un arma de doble filo pues podía hacer lo que quisiera y absolutamente nadie tendría noticias de mis actos en un mundo asquerosamente televisado. Me giré y vi la inmensidad de la Sierra Norte de Guadalajara. Montañas cerca y lejos con nieve en la cumbre y una vastedad de naturaleza.

Me paré, una vez más, y escuché con atención. Sólo pude oír en primera instancia el sonido de mi corazón galopando en el pecho. Cuando se calmó, no escuché nada. Para mi asombro, ni un canto de pájaro, ni un rumor de riachuelo, ni una conversación humana. Ni siquiera el viento era audible. Sólo me escuchaba respirar y pensar. Pensar que lo mismo debía sentarme y hacer huelga para ahorrarme esos escasos metros de sufrimiento hasta la cima. Y luego pensar en la inmensidad de lo que me rodeaba abrazado por un inconmensurable silencio.

Afortunadamente pude subir y bajar sin más problemas que un extenuante cansancio. Volví a casa contento; no por la ascensión, sino por el momento. Por haber podido entender que el alpinismo quizá no es para mí y que el mundo es bonito a pesar de todo.

David Jiménez Flores
Un hombre libre.

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