Naranja por fuera y por dentro no se sabe

Esta semana ha estado entretenida si uno sigue mínimamente la política española. Yo, a decir verdad, no soy un gran apasionado de este arte. De hecho, me atrae más el aspecto político visto con la perspectiva de la historia que el circo mediático actual que se asienta perennemente en el Congreso de los Diputados. Sin embargo, las cautivadoras historias de traición, pactos a escondidas y reconquistas de última hora parecen haber llegado para quedarse. Ante esta situación, no queda más que disfrutar de los tiempos en los que nos ha tocado vivir.

Ciudadanos nació como un partido político con derecho a existir. Esta afirmación ya resulta de por sí valiosa porque no todo en el espectro político español surge como una respuesta moderada a un hartazgo general. Lo más normal, como se ha podido comprobar, es que las masas sociales enfurecidas tomen partido de un extremo u otro de la balanza política. Pero Ciudadanos engendró en la sociedad española el sueño de convertirse, de una vez por todas, en europea. Un partido político con el naranja como bandera que predicaba el centrismo en un parlamento sin escalas de grises. Lo que en un principio se creó para plantar cara al separatismo catalán, ganó fuerza a nivel nacional hasta amenazar la tradicional hegemonía de PP y PSOE.

Nada más lejos de la realidad, el sueño ha durado poco. Esta semana se ha conocido el fallido intento de moción de censura en el parlamento murciano frustrado por el escapismo de tres diputados de la formación naranja que el Partido Popular ha sabido encauzar de algún modo. Así se producía una reacción en cascada que terminaba con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, convocando elecciones ante la posibilidad de que sus socios de gobierno traicionaran su compromiso. El revuelo se asentó en el corral y de momento la calma no ha hecho acto de presencia.

Desde las últimas elecciones generales y la posterior marcha de Albert Rivera, Ciudadanos no ha hecho más que penitencia por errores que quizá no cometieron. La formación naranja encabezada ahora por Inés Arrimadas se encamina a una desaparición más pronto que tarde. El sueño que llegó a su fin. Porque en estos dos años, Ciudadanos no ha hecho más que jugar al despiste con su electorado. Ha minado la esperanza de los votantes que depositaron su confianza en un partido que ahora se antoja como elemento bisagra. Lejos de mejorar la situación del país, parece ser que Arrimadas está tratando de destruir lo que costó mucho levantar.

Jugar al escondite nunca está de más en política, pero cuando lo que se trata de esconder es una línea de ruta general caben dos opciones posibles: o no está o no es del agrado de los votantes. Y lo peor del asunto es que ni siquiera se sabe a día de hoy. Con unas elecciones madrileñas a la vuelta de la esquina y tras el reciente batacazo en Cataluña, Ciudadanos encara una recta final de descomposición que derivará en una fuga de los pocos integrantes críticos y lúcidos que la formación naranja todavía atesora.

Y la adivinanza queda inconclusa por falta de premisas, pero como la gente quiere certezas, el futuro parece estar más que sentenciado. Un final cruel para un partido que intentó demostrar algo que no supo continuar.

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