El 2021 quedará para el recuerdo como el año en el que la pandemia y el confinamiento cumplirán sus primeros doce meses de existencia. Un año en el que han pasado menos cosas o quizá han sucedido, pero no han tenido su lugar en los espacios informativos porque un virus estaba demasiado ocupado asolando el mundo. Un año desde que la sociedad moderna se sintiera amenazada a niveles nunca vistos desde hace casi cien años. trescientos sesenta y cinco días de puro pavor y desconocimiento.

Toda vida conocida mutó. Cambió hasta volverse irreconocible y no se sabe la fecha de retorno. Supongo que es lo normal; no se sabe la fecha de fin de una guerra que todavía se está librando, pero quizá estemos demasiado acostumbrados a estudiarlas como un periodo concluido. Sin embargo, la pandemia todavía deja huella en la vida: no podemos salir de casa sin mascarilla, no nos podemos reunir sin temor a contagiarnos y hay que estar temprano en casa como si del cielo cayeran bombas. Hace exactamente un año vivíamos los últimos días de nuestra vida anterior sin saberlo. A algunos les molesta; muchos piensan en que hubieran hecho esto o lo otro, pero ¿quién podría imaginar semejante catástrofe social?

Sin más remedio que la resignación usada como arma y escudo a la vez, hemos adoptado en nuestro ideario común la extraña costumbre de pensar que el peligro son los otros. Y aunque resulte raro decirlo en voz alta y hasta más extraño ponerlo en práctica, toda medida tomada contra el contagio emplea una barrea entre nosotros y el resto. La sociedad que tan alegremente conocía, se relacionaba, viajaba y se reía ha visto cómo sus anteriores hábitos se han vuelto futuribles, lejanos. Como si se encontraran en el final del arcoíris. Demasiado cerca como para olvidarlos, pero demasiado alejados como para tener esperanza en retomarlos.

En marzo el mundo puso punto muerto y nos quedamos a medias en una vida que parece no avanzar aunque el tiempo siga corriendo. Porque ya ha pasado una primavera, el verano, su otoño y el reciente invierno. Tiene pinta de que van a seguir sucediéndose estaciones, afelios y perihelios hasta que volvamos a decir aquello de «quedamos a tomar algo y luego ya vemos». En un tiempo en el que el color parece haberse esfumado, todas las esperanzas están puestas en un futuro que se antoja gris. No por las expectativas reales, sino por el apesadumbrado ánimo plomizo que se obtiene nada más pisar la calle y ver una pasarela deambulante de mascarillas austeras.

Decían que de esta saldríamos mejores. No tiene pinta a decir verdad. Yo me conformo con salir, que viendo el panorama no es poco. Dicen los expertos que no es muy buena idea ponerse una fecha para retomar la vieja normalidad puesto que es algo que no depende del individuo. Lo malo es que llevan razón y lo peor es que no le veo la parte buena. Supongo que será aquello de que por lo menos tenemos salud, que podemos seguir escribiendo mientras nos dejen.

Salir supongo que saldremos, pero vaya jodienda de año.

Por David Jiménez Flores

Un hombre libre.

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