‘El ascenso de los nazis’ o cómo se destruye la democracia

Documaster ofrecía el pasado miércoles los tres episodios seguidos de esta miniserie-documental sobre el ascenso del partido nazi, tres episodios informativos y amenos que muestran todos los factores, tanto internos como externos, que impulsaron a Hitler hacia el poder absoluto. Cabe señalar que El ascenso de los nazis estará disponible en RTVE a la carta de manera gratuita hasta el 26 de marzo, por lo que no hay excusa para no echarle un ojo.

Siempre es bueno volver la vista atrás para repasar y aprender de momentos de la historia que jamás deben volver a repetirse. ¿Cómo fue posible que en Alemania, país con una democracia plena, un individuo terminase uniendo la cancillería con la presidencia y, por tanto, con el poder absoluto del país? Este documental, producido por 72 films, se centra en ese periodo concreto de la Historia, y en tres horas narra las estrategias políticas (y no tan políticas) que se llevaron a cabo desde las primeras elecciones del partido nazi, en las fue votado por una minoría de alemanes, hasta el momento en que Hitler se convirtió en dictador.

Visualmente está muy bien: no en vano fue premiado Adam Dolniak, del departamento editorial de la producción, en la gala de los RTS Craft & Design Awards 2020 en la categoría de Picture Enhancement. Combina imágenes de archivo con reconstrucciones que sirven de base a la narración y que ayudan a clarificar lo ocurrido, aunque hay que ser conscientes de que es pura ficción y relleno cuya finalidad debe oscilar entre el didactismo y el entretenimiento.

En lo que a información se refiere, lo más interesante de El ascenso de los nazis, en mi opinión, es que da voz a historiadores y expertos en distintas vertientes de una misma etapa histórica. Así, cada uno de ellos se centra en explicar el papel de un personaje y sus acciones clave para alcanzar el poder o para detener el ascenso. La oposición y los nombres de aquellos que hicieron algo para tratar de frenar a Hitler cobran un protagonismo comparable al de los propios nazis, lo que demuestra que no se trata, por tanto, de una visión general, sino de un enfoque desde distintos puntos de vista imprescindible para explicar los acontecimientos. Da la información necesaria para construir un esquema mental en el que todo queda perfectamente hilado.

Resulta evidente que el Tercer Reich no habría existido de no ser por figuras como Göring, Himmler o Röhm, por lo que se agradece ese cambio de foco tanto hacia estos personajes como hacia otros ajenos al partido nazi, ya sea Hindenburg o, en ese momento, Von Papen. Si lo que se quiere ofrecer al espectador es un conocimiento de las causas por las que la democracia alemana se vino abajo, hay que atender tanto a los factores internos como externos, así como a las notables actuaciones de miembros y opositores del partido. Al fin y al cabo, todo ello contribuyó en mayor o menor medida al ascenso de Hitler.

La producción de 72 films es muy rigurosa respecto a lo que quiere contar: personajes que serán clave a lo largo de la dictadura y que quizás merezcan una mínima alusión quedan sin nombrar, así como también quedan en el tintero acontecimientos históricos por no entrar dentro del marco temporal que se aborda. El ascenso de los nazis abarca «poco», pero aprieta mucho.

Al atender a este periodo de la Historia a día de hoy no estamos siendo objetivos con los acontecimientos, tal y como se comenta en el propio documental. Nosotros ya conocemos qué vino después y vemos la toma de decisiones desde otra perspectiva muy distinta a la de los alemanes de los años 30; ellos no tenían ni idea de lo que estaba por ocurrir, solamente abrazaron un discurso sencillo en el que se prometía, entre otras cosas, el resurgimiento de la economía. Nadie concebía un holocausto, ni siquiera una dictadura como consecuencia de una victoria electoral. He ahí la importancia de revisar la Historia de vez en cuando para recordar lo frágil que es la democracia y tener presente que puede quebrarse si no se obra con determinación y en consecuencia. Es imprescindible saber de dónde partimos para saber dónde estamos y hacia dónde queremos (o no queremos) ir.

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