El cuervo de Poe era abstemio

De vez en cuando me entra una pequeña nostalgia de aquellos tiempos en los que disfrutaba como un niño pequeño en las clases de literatura. Luego recuerdo las palizas de estudio diarias y se me acaba pasando. Pero lo cierto es que es lo más cerca que he estado nunca de una charla literaria. Una vez fui por casualidad a una reunión de un club de lectura con un escritor cuando creía ir a entrevistarle para mi programa de radio, pero eso es otra historia.

Recuerdo asistir a aquellas clases con la emoción del que no sabe qué se va a encontrar, como cuando vienen los Reyes Magos, pero sin árbol ni regalos. Yo tenía un libro, uno extremadamente gordo con una portada roja en la que se leía bien grande «Literatura Universal». Y el nombre le venía al pelo: ahí había literatura por un tubo y universal desde luego que sí, porque en semejante volumen lo mínimo que podía caber era todo lo que se ha escrito en esta parte del universo conocido.

Cada tema estaba subdividido en tres epígrafes: novela, poesía y teatro. Así, desde los confines de la literatura hasta hoy mismo. El orden seguido era estrictamente cronológico por lo que facilitaba mucho la comprensión del temario. Primero lo primero y después lo siguiente; no había pérdida. Y poco a poco, el temario y yo fuimos avanzando en paralelo, leyendo cada vez nuevas e interesantes aportaciones de alguien a la humanidad.

En esto, llegó el día del escritor supremo alabado por mi profesor. Edgar Allan Poe se erigía sobre nuestros libros de texto con su cabeza voluminosa y su expresión taciturna y solitaria. Para mi profesor, Poe era la elevación al cuadrado del mejor escritor en la historia. Así pues, comencé a aventurarme por los tenebrosos caminos del amigo Poe hasta que empecé a comprender de qué iba el asunto. El maestro explicó que Poe murió en extrañas circunstancias y totalmente alcoholizado, pero repetía constantemente que «el genio de la literatura (o algún otro sobrenombre literario) no podía escribir borracho, es totalmente imposible». Yo me lo creí porque alguien que hablaba con tanta devoción de un escritor debía saber más de él que yo.

Aún así, no sé si por estupidez o instinto, hice una prueba en repetidas ocasiones. Cuando llegaba de fiesta, me ponía a escribir en vez de acostarme inmediatamente. Los resultados de mis experimentos dieron la razón a mi profesor. No podía llegar a escribir algo ligeramente bueno en un estado tan deplorable. Quizá pudiera deberse a que no estaba acostumbrado a hacerlo, pensé. Por ello, repetí la prueba durante más tiempo. Y continué escribiendo mal, no ya en el plano más formal y legible, sino en cuanto a calidad literaria. Era pura mierda, pero de la buena. Imagínense a un chaval completamente beodo esbozando los detalles de algún poema salido de su mente corrupta.

Años después, siempre recuerdo esta anécdota cuando leo a Poe. Y quizá influido por un profesor carismático, también pienso que es uno de los mejores escritores que la historia ha dado. Comprendí, esta vez sin experimentos extraños, que el genio del Baltimore no pudo escribir sus mejores historias completamente borracho; es imposible aún para una mente genial como la suya. Hoy puedo afirmar que el cuervo de Poe era abstemio.

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