Desde que tengo uso de razón, el Real Madrid ha sido el tiburón blanco del fútbol y nunca mejor dicho. He crecido sufriendo a «Los Galácticos», un grupo de jugadores que sólo podía ser emulado en un videojuego. Cada verano Disneytino sorprendía con un nuevo fichaje estrella a su afición, llenándolos así de plena ilusión cada temporada. Mientras tanto en el equipo del otro lado de la ciudad, rezábamos porque nuestro ídolo no se cansara de la mediocridad del club y buscara nuevas alternativas. Tiempos difíciles que aún recuerdo.

Bien en liga o en Europa, el Real Madrid siempre ha sido un coloso. Por eso me sorprende como la afición neomadridista subestima a veces a los suyos. Hoy en día venimos de que este equipo haya cosechado una proeza en el fútbol a nivel europeo ganando tres Champions League consecutivas. Quizás, al igual que pasó con el Barça de Pep, estas gestas ganan valor con perspectiva temporal.

Cuando un equipo acostumbra a su afición a ganarlo prácticamente todo, cualquier cosa que no sea seguir ganando será una decepción. El símil se encuentra rápido: unos padres consienten demasiado a su hijo, pero llega el día en el que son tiempos de vacas flacas y el niño se enrabieta cuando no tiene lo que quiere. Unas vacas flacas que bien firmarían con los ojos cerrados otros equipos u otras familias.

A veces, tanto el fanatismo como el odio extremo no deja ver con claridad la realidad. La de este Madrid es que se resiente a realizar una transición generacional. La «vieja guardia blanca» es la que está tirando del carro en estos tiempos difíciles. Los Modric, Kroos, Casemiro, Benzema y compañía que tan acostumbrados a ganarlo todo han estado estos años atrás. Salvo que de aquí a dentro de pocos años no den con un elixir para rejuvenecer a las personas, llegará un día en el que estos jugadores no estén o no tengan el nivel para este club (caso de Marcelo).

¿Dónde está ese relevo generacional?

Desde luego que no lo está en Hazard, un crack mundial de 30 años con más minutos en la enfermería blanca que en el terreno de juego, con más lesiones que dianas anotadas y con varios kilos a su espalda. Tampoco lo está en Vinicius Jr, este sí que es un chaval, pero no es la reencarnación de Ronaldinho por decirlo de alguna manera suave. Probablemente Marco Asensio tampoco sea ese Golden Boy que enseguida endiosó la prensa deportiva española. ¿Rodrygo? Aún está verde, y la falta de continuidad genera indiferencia en la afición.

Millones y millones tirados a la basura por parte de Florentino. Actualmente la apuesta de futuro más segura parece fichar a Mbappé o Halaand a golpe de talonario en unos tiempos complicados en el fútbol entendido como negocio.

Escribo esto siendo consciente de la victoria de ayer in extremis en Champions y de la buena dinámica de resultados en las últimas jornadas de liga, pese a las numerosas bajas. Esto también es digno de elogiar, no todos los equipos son capaces de resistir tantas bajas claves, y más cuando tu capitán y referente está tanteando ofertas para no renovar. De ahí esa poca fe que la parroquia blanca le tiene a su equipo. El fútbol puede tener algo de místico a veces, y a estas transiciones solo sobreviven los equipos grandes, y no hablo en términos económicos precisamente. La grandeza de un club se fundamenta en su historia, en su nombre y en su escudo. De ahí que se diga siempre aquello de «el Madrid siempre vuelve», porque en realidad nunca se va.

El problema reside en que los aficionados se pregunten constantemente cada temporada hasta cuándo va a durar esta transición eterna y desafortunada. Veremos hasta dónde le da al Real Madrid esta temporada con lo que tiene.

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