Cuba es una tierra de contrastes. De contrastes para los foráneos, claro; porque ellos pueden comparar aquella isla del Caribe con sus respectivos lugares de origen y contraste hay, desde luego. La que antaño fue la colonia más culta de España, ahora se encuentra controlada por un régimen autoritario desde hace medio siglo. Y por más que lo he pensado, me cuesta encontrar algún atisbo de modernización en Cuba.

La primera impresión que tiene un turista al salir del Aeropuerto Internacional de La Habana es de encontrarse en otro tiempo. No digo lo del lugar porque es evidente hasta para los gringos. Un calor sofocante golpea la cara de los entumecidos viajeros que han pasado medio día entre terminales y asientos infames de aviones. La humedad hace acto de presencia y crea una atmósfera culpable camisetas chorreantes de sudor. Pero, más allá de eso, lo que más curiosidad me despertó fue la cantidad de coches clásicos americanos aparcados en la salida de la terminal. Como si uno se hubiera equivocado de lugar y fecha. Gracias a Dios, mi pesadilla acabó cuando la multitud se afanó por fotografiar con sus teléfonos móviles todo lo que sucedía.

Decidí que en algún momento de mi estancia debía montar en alguno de esos cacharros. Muchos turistas se deciden por el Coco Taxi, un vehículo salido directamente de las entrañas del infierno y diseñado por algún tipo de mente desequilibrada que consta de una motocicleta y unos asientos traseros cubiertos a modo de coco. De ahí el ingenioso nombre. Yo soy más de clásicos en general, me gustaba el diseño alocado de aquellos coches con formas y colores extravagantes hasta que subí por primera vez en uno.

Cogí uno de estos coches al regreso de una noche en Varadero. No tengo ni la más remota idea del modelo que era o que en sus días de gloria pasada llegó a ser. De hecho, estoy casi seguro que ese automóvil no puede ni debe ser clasificable. Era un vehículo sin techo, casi con forma de buggy. Cuando monté, me di cuenta de que el suelo del coche constaba de unas planchas de hierro soldadas de aquella manera y temí acabar mi recorrido como Pedro Picapiedra. Sonaba que daba gusto, los baches y la inexistente amortiguación, digo. El humo que el tubo de escape expulsaba al cielo podría tintar en un par de segundos la fachada de la Catedral de la Almudena. No tuve el gusto de conversar con el conductor por aquello de que el viento me impedía entablar una charla.

Sí que tuve la oportunidad de hablar con otro profesional del transporte. Este me contó el secreto de los coches clásicos cubanos: que no son clásicos. Los coches llegan a Cuba desmontados o por piezas y los hábiles mecánicos isleños cambian todo el sistema del coche para meter un motor diésel donde antes carburaba un gasolina. Muy contento el taxista añadió que “este lleva un motor de una furgoneta Hyundai, ya saben, una asiática. Y va fenomenal”. Y la verdad es que sentí lástima por aquel clásico prostituido en pos del bienestar de sus explotadores. Pensé en el desaventurado Pontiac caído en desgracia y en la furgoneta Hyundai que un día soñó con convertirse en un resplandeciente bólido americano.

Por David Jiménez Flores

Un hombre libre.

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