Escribo esta columna mucho antes de conocer los resultados electorales de las elecciones de Cataluña celebradas hoy 14 de febrero de 2020.

Resulta paradójico que el día de San Valentín, día internacional del postureo amoroso, se celebren unos comicios en un lugar donde la política se ha mostrado hostil durante gran parte del presente siglo. Es como si el azar hubiera cambiado el «haz el amor y no la guerra» por un «haz una y luego otra, el orden da un poco igual» y cerrara con un suspiro de resignación. El día en el que las parejas se quieren más que nunca y lo manifiestan por las redes sociales, se vota a unos políticos que han sembrado la crispación y el odio hacia el diferente.

He de reconocer que yo creía en una anulación de las elecciones, aunque fuera a última hora, pero me equivoqué. Las juntas electorales han aceptado 22.000 alegaciones de las 34.000 presentadas, es decir, algo más de un 64 por ciento del total. Se han constituido el cien por ciento de las mesas electorales por lo que cualquier persona puede ir a votar a su colegio electoral -o centro de votación- y ejercer su libertad de voto. Si dijera que se trata de un milagro caería en una equivocación. Es una demostración del funcionamiento del sistema democrático. Y no, no gracias a los que predican vociferantes desde sus atriles de colores, sino de la gente de a pie que ha decidido cumplir con su deber.

La participación ha caído más de doce puntos al final de esta mañana con respecto a las elecciones de 2017. No es de extrañar. Se dice que hay un virus que mata gente y que ni siquiera respecta al electorado. Lo extraño en mi opinión sería que no hubiera bajado más aún. Es otra de estas píldoras de esfuerzo cotidiano y creencia en el buen funcionamiento del sistema lo que lleva a los individuos a introducir su voto en la urna. Aún con miedo y mascarilla. Porque contagiarse es una posibilidad evidente. Díganme que no sería como para esbozar una sonrisa que los políticos poco a poco sustraigan la vida del ciudadano y que este acabe falleciendo por defenderle con su libertad.

Lejos de la polémica ha quedado ya el hecho de que los infectados de Covid-19 y confinados puedan ir a votar en la franja horaria que va de las 19.00 a las 20.00. Lo cierto es que resulta evidente que estas personas tienen derecho a voto al igual que el resto del electorado. Sin embargo, se corre un evidente riesgo de contagio si acuden a votar, aunque los miembros de las mesas electorales se vistan como si visitaran la central nuclear de Fukushima. Como todavía no ha ocurrido, no adelantemos acontecimientos y esperaré a que sean los periódicos de mañana los que dicten sentencia.

Cuando he comenzado a leer las primeras crónicas electorales de la mañana he tenido que asomarme a la ventana y mirar después el mapa del tiempo en la península. En el centro peninsular luce un sol de estos que anima a salir de la habitación, aunque sea con una chaqueta. Las nubes también tienen terreno ganado en gran parte del país, pero el único sitio en el que parece llover hoy es en Cataluña. Como si hubiera una conjura a nivel nacional que reflejara la pesadumbre de todo un país con la política de una región. Como si no se quisiera que se votara.

Por David Jiménez Flores

Un hombre libre.

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