Legitimación de la violencia

Vía Europa Press

Asistimos asombrados a un conflicto nunca antes vislumbrado en la Europa Occidental de la que somos hijos. La violencia de la turba contra un grupo social parece no conocer límites en un momento en el que veíamos cómo las libertades y los derechos habían encontrado una maceta en la que crecer y desarrollarse. Nada más lejos de la realidad, el sueño parece haberse roto como un cristal golpeado por una piedra lanzada por la mano invisible y no, no es la de Adam Smith.

Gracias al impulso de las redes sociales, movimientos radicales que antaño se sabían marginales han proliferado hasta límites insospechados. De hecho, ahora no somos más que etiquetas, o hashtags como dirían en Twitter. Eres antifascista, neoliberal, provida, feminista, homófobo, ofendido u ofensor. Entre muchas de estas sucintas descripciones se hallan sujetos con egos sobrealimentados por un suero fatal y falso a partes iguales que llena la cabeza de jóvenes y mayores con el único fin de separar y desunir.

La violencia ya es un elemento cotidiano en los telediarios cuando no hablan de la pandemia. Hay apuñalamientos y palizas por doquier. En Barcelona, un chaval autista fue humillado y golpeado por un grupo de jóvenes en un acto canalla que quedó subido a las redes sociales. En Francia, un adolescente quedó en coma tras una brutal paliza propinada por una pandilla sin más motivos que el de el sadismo. Probablemente en décadas anteriores también ocurrieron esta serie de sucesos, pero rara vez cobraban la relevancia mediática que ahora pueden llegar a alcanzar.

El meollo del asunto es que la violencia hacia el diferente ha quedado legitimada por la mediocridad y el desánimo social de una masa distraída y ocupada. Esta semana hemos sido testigos de una violencia extrema contra el partido político Vox por hacer campaña electoral en Cataluña. Centenares de jóvenes radicalizados se concentraron con la intención de reventar actos políticos y causar daño físico a representantes y ciudadanos. Muchos medios cuelgan la etiqueta de “antifascistas” a los grupos violentos porque precisamente se autodenominan así. Es necesario situar al enfrentado y a su contrincante en una balanza, prácticamente siempre política, para que el espectador cobre partido en el combate. Generar audiencia con un público parcial no está de moda. Desinformar y enfrentar sí.

Así pues, podemos ver a centenares de tuiteros y representantes del pueblo español jadeando a la masa enfervorecida para que un partido político no pueda ejercer un derecho fundamental. Siguiendo pues su sencillo silogismo, podríamos llegar a deducir que la violencia exige violencia. Al fin y al cabo, da igual contra qué o quién estampes una silla, una lata de cerveza o una piedra siempre y cuando no la tires hacia arriba porque finalmente te caerá a ti.

Enfrentar ha sido siempre un negocio rentable, pero cuando lo que está en juego es la libertad y la vida, podríamos concluir en que no vale la pena.