Voracidad consumista

Como es habitual todos los años por estas fechas, la muchedumbre se lanza enfervorecida a los centros comerciales en busca del regalo que todavía no ha podido comprar. El gentío se agolpa en los pasillos de las tiendas y hace larguísimas colas para poder adquirir algo que quizá ni realmente quiere ni necesita. Pero lo que la gente necesita no es el producto en sí, sino el acto: comprar se ha convertido en una actividad compulsiva.

Y no voy a ser yo quien no pida nada a los Reyes Magos, sería una actitud muy hipócrita por mi parte. Sin embargo, la observación de esta conducta durante tramos horarios distintos de los diferentes días de la semana me ha llevado a preguntarme cosas. El núcleo de mi perplejidad se halla quizá en la equivalencia de dinero y amor. Parece ser que el euro se ha convertido en la moneda de cambio del afecto; contra más te quiero, más caro te compro. Y, para qué mentir, esta práctica va mucho más allá de la jodienda millennial habitual. Es una mierda sin más. No existe atenuante que haga de esta práctica continuada algo razonable.

Es cierto que los padres siempre querrán lo mejor para sus hijos. Por eso es común en estas fechas ver a los pobres progenitores cargar con bolsas llenas de regalos hacia el parking portando además, con un sentido de la vergüenza nulo, una bicicleta tamaño infante entre piernas y antebrazo. Una imagen que más que tierna se asemeja más al ridículo; aunque ridículo soportable en cualquier caso. Pero ¿qué es de los hijos, amigos, hermanos, primos, sobrinos, tíos, conocidos y compañeros del mundo? Porque más que el temor por ser una persona de bajo fondo, se instaura en todos nosotros el miedo a regalar una mierda y, encima, una mierda barata. Eso no puede ser de ningún modo y nos tiranos a la vorágine derrochadora navideña.

Gastar no está mal, de hecho está bien -parafraseando al gran místico español incomprendido Mariano Rajoy-. Es un acto necesario para el sustento del sistema económico actual en el que está basada nuestra sociedad. Si no gastáramos, no habría posibilidad de ganar dinero, la moneda se devaluaría, no habría ingresos públicos ni privados y a tomar por culo la bicicleta. No soy un gran ahorrador; de hecho no soy ni ahorrador a secas. Gasto lo que puedo, pero en cosas que normalmente me merecen la pena. Un ejemplo claro de mi despilfarro son los libros. Sin ir más lejos ayer gasté un centenar de euros en páginas encuadernadas con un lomo y solapas bonitas. La dependienta de la tienda me preguntó si era para regalo y en cierto modo así era. Pero reprimí mis ganas por envolver los libros que había comprado para desenvolverlos en casa y reírme de mi pobre y desquiciado juicio. Gasté mucho dinero en libros que quizá no lea hasta dentro de mucho tiempo. Pero, pienso yo, el libro permanecerá inmóvil en su lugar de la estantería hasta que en algún momento de mi vida, o de la de mis semejantes, se le necesite. A veces me pregunto por qué tengo volúmenes dedicados a la historia universal del comercio, al flujo económico actual o a la historia del fútbol africano. Lo cierto es que no tiene respuesta sencilla, es más, no creo que exista respuesta. Los libros son como mercenarios a los que contrato de por vida para que me sirvan con lealtad.

La experiencia de la vida me ha enseñado que no soy superior en ningún sentido por gastar mi dinero en libros. Normalmente la gente se lo gasta en otras cosas y es igual de respetable. Lo que realmente me cuestiono es esa necesidad de gastar tanto en tan poco tiempo, en una fecha señalada. Es una especie de llamada de la naturaleza que tiene ritmo de villancico yanqui enlatado por un altavoz de un supermercado. Será eso, me digo a mí mismo mientras meto los libros en la bolsa de una gran superficie. O quizá sea otra cosa.

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