Fuimos lo que leímos

Hace mucho tiempo que me di cuenta de algo: leer es fundamental, al menos para mí. Luego comprendí que escribir también lo es, pero una cosa detrás de la otra, como debe ser.

Ya casi ni recuerdo el momento en el que decidí descargar en mi viejo iPad una versión pirata y gratuita de Robinson Crusoe del gran Daniel Defoe. No lo recuerdo exactamente, y espero no hacerlo nunca. Me tengo prometido que no volveré a leer la obra maestra en cuanto a literatura de aventuras se refiere; así el recuerdo romántico se mantiene intacto y puedo hacer que Poll, la cabaña, la cosecha y el fiel amigo nativo permanezcan en la memoria cada vez más grises, pero más bonitos.

El peso de hacerse mayor, y fíjense que uno aún posee los veinte años, es cada vez más grande. Y los pasajes de los mejores libros fluyen a borbotones por ríos de letras en un pensamiento cada vez más asfixiado por la cotidiana aspereza. Uno ya termina por cuestionarse por qué no se puede volver a leer Drácula o La isla del tesoro de nuevo ignorando el destino de los protagonistas o las sorpresas de la historia. Pero Bram Stoker escribió sólo un Drácula y Robert Louis Stevenson se imaginó muchas islas del tesoro, pero acabó decantándose por una.

Todavía recuerdo el pavor que levantó en mí el primer relato de Poe o la belleza y decrepitud que emanan de los poemas de Baudelaire. Puedo oler la primera página de El amor en los tiempos del cólera y acariciar un lomo desconocido perteneciente a terribles relatos de Lovecraft.

Porque, en definitiva, todos somos lo que alguna vez leímos, por poco que sea. Porque vimos la serpiente y el elefante de El Principito cuando comenzábamos a distinguir vocales de consonantes. Un artículo, un titular ingenioso en televisión, una llamada a la atención en un anuncio o Moby Dick. Todo ha sido y es parte de nosotros por obra y gracia de algún iluminado que en algún lugar de Oriente Medio decidió ponerse a ilustrar palabras para que el viento no se las llevara.