La leyenda de los rojos

Cuenta una singular leyenda que, una vez, entre la muchedumbre pobre y desgraciada, existían extraños grupos de humanos en peligro de extinción.

Considerados como un despropósito para la humanidad, eran tachados de hipócritas debido a sus raros comportamientos y formas de vida, así como a su asidua vestimenta propia de andrajos. No obstante, estos seres desataban el verdadero debate por su tórrida condición que, al parecer, a algunos les quitaba y les sigue quitando el sueño: ser de izquierdas a la vez que ricos.

Tanto era el revuelo que, para no ser repetitivos, la prosa populista diseñó un amplio repertorio de apelativos con los que poder referirse a ellos sin ser gratuitamente aburridos: “progres”, “perros flautas”, “bolcheviques”, “comunistas”, “anarquistas”, “podemitas”, “castristas”, “republicanos”, “estalinistas”, “socialistas”, “traidores”, “trotskistas”, “chavistas”, “hippies”, “feminazis”, “maricones” o “terroristas”, entre otros, aunque para mi gusto hay otro que gana sin lugar a dudas: rojos (así, sin comillas).

Todos estos nombres para que, finalmente, su pecado no fuese otro que tener dinero y no pertenecer a la ideología conservadora: a su élite. ¿En qué les beneficiaría que esos rojos estuviesen a su altura económica y, por lo tanto, en igualdad de condiciones? Spoiler: en nada.

Hablo de leyenda porque a mucha gente le parece incongruente que una persona de izquierdas pueda compatibilizar su ideología con sus recursos y posibilidades económicas: que se quejan de los ricos cuando ellos también lo son y que predican una cosa y llevan a cabo otra.

Permítanme que les diga que lo que realmente molesta es que el monopolio del dinero no sea exclusivo a los intereses de unos, por lo que cualquier argumento les basta para saciar la sed en este debate tan inapetentemente irrespetuoso.

En ningún momento la ideología izquierdista (en sus líneas más generales y mayoritarias) ha pretendido desterrar cualquier indicio propio de una persona acaudalada, pues lo que sí es cierto es que esos rojos “terroristas” defienden la repartición de la riqueza; una distribución con la que se pretende cubrir, eso sí, cualquier auspicio de pobreza.

¿Qué hay de aquellas personas que, independientemente de su ideología, ganan ese dinero de forma ética? ¿A caso se merecen menos que todos aquellos implicados (y olvidados por la corta memoria selectiva española) en corruptelas estatalmente públicas? Nombres como Esperanza Aguirre, Rodrigo Rato, Eduardo Zaplana, Miguel Zerolo, Manuel Chaves o José Antonio Griñán, entre tantos otros, gozando de la buena vida del poseedor con, ojo al dato, dinero público; dinero de todos y todas.

A fin de cuentas, el quid de la cuestión está en cómo se obtiene el dinero: trabajando, robando, engañando…  porque es verdaderamente de mofa que hasta el dinero tenga ideología: que quienes más tienen de la derecha se dirijan a la clase trabajadora hastiada con la boca llena de palabras vacías y, mientras, llenan sus bolsillos rebosantes.

Porque el dinero no debería ser un privilegio y, mucho menos, exclusivo de la derecha.