Creer para ver

¿O, por el contrario, ver para creer?

Creemos. Siempre creemos en algo, aunque nuestra indiferencia ciertamente platónica intente convencernos de lo contrario. Aún sin verlo, déjame decirte que hasta nuestro lado más racional peca de pasional y de poco sensato en ocasiones.

¿A qué se debe esta idea tan incorpórea como incomprensible que me aparece de vez en cuando al atar ciertos cabos? Observando, analizando, experimentando… mi conclusión más rotunda no ha podido ser otra que la predisposición humana a creer en algo e, incluso, en alguien.

Para entender esta idea, solo es necesario hacer un recorrido a lo largo de la historia y remontarse hasta la que parece la tan lejana Prehistoria: las creencias en fenómenos sobrenaturales o en elementos de la naturaleza como entes imperantes y armados de poder. Era una forma de subsistencia, de organización e, inclusive, un motivo de reunión. A nuestros ojos, sociedades paralelas a las que invaden nuestros continentes a día de hoy, pero, inevitablemente, compartimos una esencia que va más allá del parecido físico.

Sin ir demasiado lejos, es imprescindible señalar la religión, la forma más representativa de concebir nuestro cuadro de creencias. No importa qué alias adopte Dios, con qué nombre se represente al dogma o qué normas sustenten las bases legítimas: el patrón se repite entre ellas y, si hubiese dudas, durante la propia historia.

No obstante, como todo en la vida, no todo es blanco o negro ni tampoco gris, pues existen tantos colores que ni conocemos su existencia, sin romper la armonía. Por lo tanto, es bien sabido que muchas personas no extienden sus brazos a las tan arraigadas creencias religiosas, puesto que consideran que su creación propiamente humana tiene intenciones visiblemente ocultas, como el control y la autoridad, sin pensamiento propio ni libertad de expresión. Nadie ha visto a Dios en su sano juicio y, sin embargo, cree en él.

No pretendo ofender a nadie (aunque no prometo nada), pues no es más que un debate internamente filosófico sobre otro tipo de cuestiones que sigo sin desvelar a estas alturas. El punto de inflexión de mi pregunta: entender que la complejidad del ser humano, a fin de cuentas, no es tan particular como pensamos.

Puede parecer una idea descabellada, pero, si se piensa fríamente, el creer es un pilar, un sustento inevitable que se encuentra en cada persona tan interiorizado que es imperceptible a nuestra ceguera mental.

No es necesario ser católico, apostólico o romano para creer en algo; también se cree en la ciencia, en ideas a preguntas sin respuesta, a nuevas formas de concebir la vida, tales como el veganismo o yoghismo; en un mundo próspero, en ideologías, en nosotros mismos y la que a veces más duele: en personas.

A lo que me refiero es que no necesariamente hay que profesar una religión para endiosar o idealizar una idea o a alguien, pues lo hacemos de manera tan constante que no hace falta distinguir una cosa de otra; que la persona más racional del mundo y apaciblemente indiferente ya cree en algo, y es en que su forma de concebir la vida es la correcta; cuando creemos en nosotros mismos para intentar llevar algo a cabo; cuando ensalzamos personas y ponemos la mano en el fuego por ellas; cuando cambias hábitos para intentar contribuir con una causa… Crees en ello sin dudarlo y, después, puedes tener la suerte o no de ver más allá de la zona de combate.

A fin de cuentas, toda esta posible infinita enumeración no es más que el reflejo de que constantemente buscamos sentirnos protegidos, porque depositamos confianza en personas, porque somos nuestro mejor apoyo o porque queremos darle (nuestro) sentido a la vida, pero muchas veces se nos nubla la vista y creamos ciertos lazos de dependencia. En pocas palabras, hasta el más mínimo auspicio de creencia es un salvavidas entre la marea de la duda.

Sin embargo, no todo es apocalíptico y puramente deprimente, porque un debate no sería un debate si no existiesen varias caras de la moneda (además de que sería muy aburrido).

Si no creyésemos en algo, ¿qué sería de nosotros? ¿Qué nos inspiraría a crear, a ser o a vivir si no tuviésemos en qué creer?

Lo siento, tengo que volver a repetir que irremediablemente creemos constantemente. No importa en qué o en quién, en esa fe hacia personas o hacia nosotros mismos; en esa esperanza hacia lo que consideramos una verdad aproximada; ese credo del que somos vasallos, pero la polémica radica en cuál es el orden “del buen creyente”: ¿ver para creer o creer para ver?

Hasta la próxima vez que vuelva a planteármelo, seguiré [intentando] ver para, después, creer.