Las tres dimensiones de la libertad de Billy Bragg

No tenía ni idea de quién era el autor de este breve ensayo hasta hace media hora. He decidido buscar a Billy Bragg en Google para ver quién había escrito lo que yo he leído y ahora me dispongo a reseñar.

He de decir que hasta hace unos meses esta crítica no hubiera sido posible gracias a la autocensura que Leteo se imponía para no hablar de política. No obstante, debido a una reunión en la que se votaron nuevas políticas de medio, esta norma quedó retirada. Así pues, me dispongo a desmenuzar el breve ensayo que Billy Bragg ha publicado en este convulso 2020.

Las tres dimensiones de la libertad es un breve cuaderno publicado por Anagrama en la edición de “Nuevos cuadernos Anagrama” con formato bolsillo y fácilmente legible gracias a su breve extensión y a la simpleza en la expresión del autor. El ensayo no es más que una constante crítica al neoliberalismo -o liberalismo a secas- y a sus máximos exponentes políticos: Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Donald Trump.

Billy Bragg, cantautor inglés izquierdista según Wikipedia, divide la libertad en tres planos o dimensiones: franqueza, igualdad y responsabilidad. Es a partir de este esquema con el que comienza a criticar ferozmente al sistema económico y social en el que nos hemos visto sometidos. Es importante matizar que el autor nunca sale del panorama anglosajón (Reino Unido y Gran Bretaña) para explicar los procesos globalizadores y los supuestos autoritarismos del mercado. Con la primera dimensión de libertad (la franqueza) comienza un pensamiento reduccionista y, a mi humilde parecer, carente de altura de miras y perspectiva. Billy Bragg empieza por intentar definir sin éxito el concepto libertad hasta acabar relacionándolo con un supuesto hilo conductor histórico: el poder.

Billy Bragg sigue en su argumentación contra los hilos del poder neoliberal a través de los recortes y privatización de diferentes sectores de la sociedad. Así pues, y debido a las férreas condiciones de austeridad impuestas por los gobiernos, “el individuo controla poco su precaria situación”. Afirmación que, paradógicamente, choca con la evidente realidad de los sistemas neoliberales actuales implantados en países democráticos en las que el individuo, aunque influenciado por su entorno, es capaz de tomar elecciones emancipándose así de cualquier ente externo como podría ser un Estado autoritario.

El autor nos evoca a un pasado de posguerra británico en el que las cosas funcionaban perfectamente, mucho mejor que en el presente. Se nos plantea entonces la eterna diatriba: ¿hubo un pasado mejor? La sociología, economía, ciencia de la salud y demás indicadores sociodemográficos nos dicen que no, pero para alguien empeñado en diseminar su fervor izquierdista y antiliberal, por supuesto que sí.

Dentro del primer plano o dimensión de la libertad, el autor continúa su argumentación exponiendo que unos impuestos bajos no pueden llevar a un país a tener unos mejores servicios sociales. “La idea de que es posible combinar impuestos bajos y servicios públicos de calidad es otro de los principios de la fe neoliberal. (…). Sin embargo, todo el mundo sabe que los servicios públicos se pagan con los impuestos. Por tanto, si reduces estos ¿No van a sufrir los impuestos?”. Creo que no, pero esto tampoco es una percepción mía, se trata de un consenso que parece estar no escrito entre los países que desean un mayor crecimiento económico unido a un real bienestar de la población. Habría que explicar ahora las diferencias entre recaudación, presión fiscal e ingresos reales por parte del estado, pero ya existen artículos escritos por profesionales de la materia que lo explicarán mucho mejor que yo.

Ya en el apartado de igualdad, el autor comienza hablando sobre las posibilidades de expansión de la educación y los diferentes procesos históricos en las universidades de Estados Unidos referentes de los estudios culturales. Se trata de un tema escabroso y de doble filo y más en la actualidad. Billy Bragg dice que “los estudiantes, lejos de reducir su plan de estudios, pretendían ensanchar la perspectiva de su educación incluyendo nuevas voces. Sin embargo, sus críticos no se esforzaron en investigar a qué obedecía este deseo”. Y esta afirmación constituye una de los más peligrosos argumentos del actual revisionismo y proceso de censura al que se están viendo sometidos cientos de autores y publicaciones. Ampliar un plan de estudios no es nada malo en sí, pero el problema viene cuando para ampliar el plan de estudios deciden eliminarse elementos del plan anterior, no por inadecuados o anacrónicos, sino por machistas, fascistas o racistas. Todo esto dentro de un marco teórico antiliberal fundamentado en la supuesta revolución cultural y esas cosas que ahora tanto se dicen.

El ensayo prosigue y finaliza el capítulo cargando contra los supuestos intolerantes y autodenominados mártires. Aquí llega el culmen de toda la obra pues, sin citarlo, Billy Bragg acude a la paradoja de la intolerancia de Karl Popper al afirmar que “hay situaciones en las que es necesario preguntarse si proporcionar una tribuna a abanderados de los prejuicios no servirá tan solo para darles poder”. El problema real viene cuando el poder y la capacidad de quitarlo reside en un único polo de la sociedad, cuando la corriente dominante, al menos superficialmente, se convierte en la élite cultural y su superioridad moral impide expresar libremente opiniones contrarias a la de lo establecido por convenio imaginario. Popper no creó la paradoja para esto, sino, y citando literalmente para lo siguiente: “Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente”.

El capítulo reservado a la responsabilidad es el menos controvertido de los tres. Ahí sólo he podido resaltar la continua actitud de beligerancia propuesta por el autor entre conservadores y progresistas como si fuera una auténtica guerra real, como si los liberales se organizaran en una guerra de guerrillas para desmantelar un supuesto orden establecido de la manera más depravada posible. Sin embargo, en este capítulo viene los mayores aciertos del libro: el autor defiende la pertenencia a organizaciones supranacionales como medio de control de la economía y las decisiones de los gobiernos, la preferible no interferencia masiva de empresas o corporaciones gigantes en las campañas electorales o el peligro del uso masivo del big data y las redes sociales para polarizar y situar a los individuos sin que ellos sean conscientes.

El libro para mí no ha sido una revelación de nada, pero siempre resulta interesante leer ensayos, artículos o publicaciones con una argumentación distante a lo que uno tiene por seguro.