Felicidad impuesta

Ilustración de Marco Melgrati

estoy inmerso en la lectura de Homo Deus de Yuval Noah Hararis, el mismo autor que escribió Sapiens. Aún no lo he finalizado y es por ello que no se puede encontrar la reseña en la sección de cultura, pero sí he leído lo suficiente como para poder ver el entramado real de un buen ensayo.

Hay elementos del libro con los que no estoy de acuerdo, pero son mayoría los que sí. Me ha parecido muy interesante un capítulo dedicado a la felicidad y cómo la noción de la misma ha alterado el parecer del ser humano en los últimos tiempos; tendencia que seguirá en auge según las predicciones del autor y de cualquiera que se pare a pensarlo.

Lo cierto es que mantengo una actitud bastante crítica con el tema de la felicidad contemporánea o, más bien, la falsa felicidad, la neofelicidad o la ausencia de la misma. Hoy en día podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la felicidad de la mayoría reside en la envidia que se pueda suscitar en sus allegados. Es decir, como la felicidad actual se puede medir en bienes y servicios, como el PIB, uno es más feliz cuanto más acapara y -punto fundamental- más puede enseñar.

De ahí que, normalmente y a ojos de la multitud, un conocimiento o sabiduría tradicionales no puedan aportar nunca la felicidad moderna. El razonamiento es bien sencillo: como no se puede, o más bien no se debe, hacer alarde del mismo, no vale para absolutamente nada. Y un kilo de saber pesa menos que un buen coche en el garaje y en la cuenta de Instagram. Las cosas ahora funcionan así, y no me resigno porque me considere un sabio o un intelectual, lo hago porque en mayor o menor medida soy parte del gran festival nihilista en el que se ha convertido la vida.

El circo de apariencia es lo único capaz de granjear algo de respeto, admiración y, ya de paso, dinero en el mundo virtual. De hecho, los casos en los que personas brillantes se han dado a conocer gracias a las redes son ridículamente ínfimos en comparación a la ingente cantidad de payasos acaparadores de un minuto de nuestro tiempo. El presente da mucho miedo; cualquiera que sepa un mínimo de algoritmos en redes sabe que, por ejemplo, Instagram “premia” las publicaciones que logran mantenernos más tiempo dentro de su aplicación. De ahí que los famosos suban publicaciones con contenido que interese a las marujas de siempre que ahora son jóvenes, de ambos sexos, de veinte años, los vídeos se muestren con miniaturas que llamen mucho la atención e incluso nada tengan que ver con el contenido final o que las famosas historias se conviertan en un carrusel de luz, color y lujo para los que puedan.

Bueno, y para los que no puedan también. El caso es presumir. Presumir de cualquier cosa: la última comida que he degustado, las vacaciones en la playa, el cuerpo de gimnasio o la borrachera que cogí ayer noche. Cualquier cosa es válida para presumir.

Todo parece ser delirante y lo que más me preocupa es la presión que toda la sociedad ejerce sobre los individuos “marginados” para que sigan las tendencias de moda, lo que dictan los jefazos. Hoy en día parece uno estar obligado a ser un auténtico superhéroe: siempre feliz en las fotos y a ser posible resultón y mostrando el lado bueno de la vida.

No sé si por suerte o por desgracia -más la de mi madre que debe aguantar todas mis aventuras- la masa me va engullendo poco a poco, aunque es cierto que algo de mi yo original sigue por aquí, en Leteo y espero que siga muchos años más. Como dice Andrea, compañera de medio, en su perfil de Twitter: Aficionado a la parte grave de la existencia.