Ya no le necesitamos, ahí tiene la puerta

“En el día de hoy, acabo de comunicar al jefe del Estado la celebración mañana de un Consejo de Ministros extraordinario para decretar el estado de alarma en todo nuestro país, en toda España durante los próximos 15 días.”

Pedro Sánchez, 13 de marzo de 2020

Comienza la cuenta atrás.

Poco podíamos saber a qué nos enfrentábamos a principios del mes de marzo cuando el Covid-19 quedaba tan lejos que era imperceptiblemente pequeño para nuestra empatía. “¡Qué horror!”, se escuchaba durante un mísero instante en muchas casas españolas al conocer la información del día, pero no les culpo, porque, aunque fuese predecible, era inimaginable cuántos cambios se apoderarían de nuestra absurda y aburrida vida de los meses anteriores.

Estuvimos en casa largos meses buscando cosas que hacer constantemente; recriminando, enjuiciando, desobedeciendo… entorpeciendo, a fin de cuentas. Los aplausos inundaban las calles cada tarde como muestra de agradecimiento y las redes, aunque deseosas de comentar o sacar a la luz cualquier tipo de descuido, seguían la misma dinámica. No obstante, no todos tuiteaban en la comodidad de sus casas ni tampoco aprendieron a hacer excelentes recetas culinarias: muchas personas acudieron a sus puestos de trabajo como de costumbre para seguir pagando, para seguir comiendo, para sobrevivir.

Permitirse el lujo de no ir a trabajar dadas las circunstancias es un precio muy alto a pagar que no cabe plantearse cuando la situación es particularmente complicada donde solo una opción es posible. No hablo solo de sanitarios, sino de todos aquellos trabajadores y trabajadoras considerados como indispensables en nuestra sociedad y que nos facilitaron las cosas durante ese periodo.

Acotando aún más si es posible, hubo personas que no contaron con la posibilidad de teletrabajar, por lo que estaban expuestos a un mayor riesgo de contagio. He aquí el quid de la cuestión: exponerte ante un peligro para, seguidamente, ser despedido.

Me gustaría pensar que son muchas las personas que, a día de hoy, aun habiendo ido a trabajar en plena pandemia, conservan su puesto de trabajo, pero una vez hecho el paripé de cara a la sociedad y al propio Estado las empresas no van a molestarse en mantener a esos empleados que les supone una pérdida de ganancias que llevarse al bolsillo más que sustanciales pérdidas empresariales.

Es importante aclarar que hablamos de empresas con un alto poder adquisitivo y que no están regentadas por personas de clase trabajadora, sino por gente que podrían perfectamente vaciar sus infinitos bolsillos y aun así seguir teniendo fortuna.

A esto cabe sumarle que la crisis económica que estamos atravesando ha sido una buena ocasión para hacer purga de empleados que no interesa tener en la empresa, sea por malas aptitudes o sea por conveniencia y trapos sucios entre los suyos. En pocas palabras, nuestro ciclo constante de supervivencia.

Para estas personas que no solo han perdido a seres queridos, sino su tan apático y exasperante trabajo ya no existirá por un largo tiempo la comodidad de sus casas ni tampoco el sentido de la vida misma, pero ojalá agarrarnos a la esperanza de que les estén haciendo un favor y que algo mejor esté por venir.

Son tiempos muy difíciles donde grandes montañas de incertidumbre y angustia quedan devastadas como si hasta de eso también aprovechasen para expoliar, que por desgracia vivimos para trabajar en lugar de trabajar para vivir y que poco se puede reconfortar a una familia arruinada que ve una salida demasiado lejos como para ser cierta, pero, aunque cada circunstancia sea particularmente suya, poco puedo decir.

A todas esas empresas somnolientas de abundancia, que sepan que quienes mueven realmente el mundo son los trabajadores; ustedes lo manejan.

A todas esas personas trabajadoras, que sepan que, sea cual fuese, su trabajo no ha quedado en vano.