A toda esa gente

El otro día llamaba mi atención una serie de comentarios por Twitter de diversos perfiles sobre Miguel Bosé. La verdad es que no soy un gran aficionado a su música y en frío no podría nombrar más que un par de sus canciones, pero tampoco es un personaje que me genere un violento sentimiento de rechazo. Sin embargo, cuando pude encontrar el motivo por el que la masa furiosa atizaba al cantante entendí perfectamente todos los comentarios.

Miguel Bosé se posicionaba a favor de una manifestación acontecida ayer, 16 de agosto de 2020, en la que se reivindicaba poco menos que la inexistencia del Covid-19, la ineficacia de las mascarillas, la realidad sobre el peligroso 5G, el nuevo orden mundial, la verdad de las vacunas y, en general, lo que podríamos bautizar como “plandemia”. Este es el término en el que dichos personajes se refieren a la pandemia del nuevo coronavirus y ayer, todos juntos y reunidos en la Plaza de Colón en pleno centro de Madrid, han demostrado que, en efecto, la estupidez humana no conoce límites.

Cerca de 2.000 personas se concentraron en la Plaza de Colón para confirmar que la pandemia no nos ha hecho mejores. De hecho, el virus no ha hecho ni una simple selección genética: los tontos siempre han estado y siempre estarán. Sin mascarillas ni guardar la distancia de seguridad, saltaban, vitoreaban y entonaban cánticos a cada cual peor. Algunas de las perlas de ayer fueron: “la vacuna de Bill Gates, por el culo os la metéis”, “queremos ver el virus”, “bote, bote bote, aquí no hay rebrote”, “el masón al paredón” o “la segunda ola es una trola”.

Yo entendería que esta situación se produjese en marzo, cuando los medios estaban empeñados en decirnos que el Covid-19 no era más que un catarro y la mayoría nos lo creímos, pero ahora, con un exceso de mortalidad de casi 50.000 fallecidos, ya no cuela. Y no cuela porque hemos visto día tras día en televisión, radio y prensa escrita cómo la cifra de fallecidos subía formando un Everest gráfico catastrófico, una pista de hielo anegada de féretros porque las funerarias no podían asumir tanta carga de trabajo, familias rotas por haber dejado a su ser querido en el hospital y recibir sus cenizas sin siquiera haberse despedido. Hemos sido testigos de la tragedia y seguimos siendo tan necios como para negarla.

La verdad es que no me imagino esta situación en cualquier otra catástrofe de la historia. Es decir, no me planteo que los que acudieron a la decapitación de Luis XVI creyeran que éste seguía vivo cuando su cabeza rodó al cesto, inerte y separada de su cuerpo. O que los que vieron caer las Torres Gemelas fueran el día siguiente a subir en ascensor a la última planta. Se trata de fundamentos de la realidad que, según parece, no están al alcance de todos.

No digo que no exista una posible verdad alterna o una teoría divergente de lo estrictamente oficial, pero lo que no se puede negar es lo evidente. Es decir, el virus no se puede ver a simple vista y si eso no lo entiendes es que tienes un serio problema de comprensión y razonamiento. Lo que a esa masa concentrada le falta es un poco de humanidad. En cierto modo me llega a dar lástima porque no puedo llegar a comprender que siga existiendo esa incredulidad cuando hemos estado confinados casi tres meses en nuestra casa como si de una guerra se tratara.

Guerra siempre ha habido y seguirá habiendo porque, al parecer, Miguel Bosé sabe lo que a todo el mundo se le oculta. Tendremos guerra, por suerte no con bombazos y disparos -o eso espero-, tendremos refriega dialéctica con energúmenos que se empeñan en negar la existencia de un virus que ha matado en España a una cantidad de personas equivalente a cinco veces la población del pueblo en el que vivo. Pero todo esto viene por el diabólico Bill Gates y el 5G, porque pensar que simplemente somos gilipollas exige algo de autocrítica, capacidad de reflexión y de vergüenza también.

Lo que no llego a entender es aquello de los masones. No sé exactamente qué pintan por aquí. Yo creía haberlos olvidado con la Transición y la desaparición de los famosos contubernios, ya saben. No obstante, volvemos a lo mismo y la culpa de todo la tienen exactamente los mismos entes dirigentes que hace ochenta años. Pero el razonamiento, cuando no se puede definir como tal, falla; si no hay virus, la culpa no es de nadie porque no hay peligro real. Y si hay peligro real lo que habría que plantearse es qué cojones haces en la Plaza de Colón un 16 de agosto sin mascarilla y abrazándote a especímenes de una calaña lamentable.