La eternidad y un día (1998): poesía audiovisual

La eternidad y un día es una película que calla más de lo que dice, como si fuese una especie de poema compuesto por un contraste entre escenas claras y soleadas e imágenes oscuras y lluviosas. Theo Angelopoulos crea una obra de arte que veintidós años después ha sido capaz de encogerme el corazón con unos diálogos poéticos para enmarcar y unos silencios capaces de transmitir sensaciones de lo más variopintas. El protagonista, Alexandre, vive el ocaso de su vida, y decide cambiar el blanco de las paredes hospitalarias por el blanco de la nieve del frío invierno y recorrer su ciudad natal.

No puedo negar que algunas escenas me han dejado descolocada: es una película rara de primeras, en la que muchas cosas se dan por hecho y se te dispara con imágenes a las que debes encontrar significado. Todo avanza lento, muy lento, el último día de la vida de este hombre parece durar una eternidad, aunque esta ya pasó y solamente le resta un día. Ese día, Alexandre evoca recuerdos con el mar de fondo, días claros que contrastan con los presentes días oscuros; ya lo dijo el poeta Jorge Manrique: «cómo, a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado/ fue mejor». No hace falta que se nos diga que la mitad de Alexandre se ha quedado anclada en el pasado, con su difunta mujer, su madre y su hija, para que seamos capaces de apreciarlo en la mirada nostálgica del recuerdo. Hoy, en los últimos momentos de su vida, se arrepiente de no haber pasado más tiempo con todo aquel que le amó en algún momento de la ya pasada eternidad.

La banda sonora no hace sino ayudarnos a entender la imposibilidad, aunque duela, de reencontrarse con uno mismo en el último día de vida mediante hermosas notas musicales: la película nos cuenta la historia de un poeta del siglo XIX que compraba palabras para escribir un poema que finalmente dejó inconcluso; ese poeta es Alexandre, que al final de su vida sabe que no podrá concluirlo, pero que aun así continúa comprando palabras a un niño albanés al que le une un emotivo vínculo. A Alexandre no le faltaban palabras para terminar el poema, simplemente no las encontraba, y en esa búsqueda dejó de lado el resto de las cosas importantes de la vida. La ironía de que el viejo Alexandre y el pequeño niño albanés solo se tengan el uno al otro sabiendo que tendrán que despedirse pronto es un disparo directo al corazón. El contraste entre el inicio y el fin de una vida no aprovechada, en la que se oye un lamento por haber dejado todo inconcluso.

En La eternidad y un día todo parece tener un significado propio, y por ello se ha convertido en una de mis películas favoritas. Aunque no estamos ante un film especialmente reconocido, ha sido merecedor de la Palma de Oro en el año de su estreno: 1998. Me quedo con la sensación, a pesar de todo, de no haber captado su esencia completamente y con las ganas de volver a verla en un futuro e intentar descifrar nuevos detalles. Tras finalizarla, me invadió una sensación, aún persistente, de no estar aprovechando el tiempo y de que, irónicamente, la eternidad no dura más que un suspiro. Se trata de una película silenciosamente dolorosa que invita a profundas reflexiones y que recomiendo encarecidamente.