El patrón de los destrozados

Hoy se me ha cruzado por la mente un pensamiento curioso. Resulta que hay muchas formas de no creer en Dios. El ateísmo, es decir, la negación categórica de la existencia de una divinidad superior, el agnosticismo, la conformidad en la ignorancia y la incomprensión frente a la cuestión divina, y finalmente la falta de educación.

La falta de educación consiste en mofarse de las personas que sí deciden profesar sus propias creencias por el mero hecho de que las profesen. Ese inmundo sentimiento de superioridad frente a los seres humanos, cuyas circunstancias y experiencias se desconocen en la mayoría de los casos, por considerarlo poco menos que sectarios. Hablo de esto porque francamente me molesta la falta de educación frente a las personas religiosas. Desdeño la falsa superioridad de los supuesto poseedores de la verdad absoluta. En el mundo, el dolor se manifiesta de formas tan crueles que solo imaginarlo a veces hace que nos tiemble la mandíbula y se nos retuerza el espinazo.

El dolor es ecuánime, aunque no justo. Se abalanza sobre las personas, en ocasiones despellejándolas. Y ese pobre ser, ya ni humano siquiera, que yace roto en la esquina de un cuarto oscuro, cuando el dolor ha pasado pero perdura, ve un haz de luz y lo atrapa con la fuerza del alma. Y ese haz de luz le lame las heridas, lo arropa y le susurra al oído. Ese haz de luz es para muchas personas la religión. Un clavo ardiendo sobre el cráter de un volcán. La última puerta antes de la desesperación.

La muerte de un hermano, de un padre, de un hijo o un amigo. El dolor tiene muchas caras, y todas son horrendas. La injusticia materializada cae sobre los humanos con el peso de un mazo divino. Y entonces aparece Dios. Dios no obliga a nadie a acercarse a él. Mantiene los brazos abiertos y no rechaza a nadie. Ni siquiera al que desprecia a los pobres seres a los que ha sido arrebatado todo y corren a sus brazos. Dios perdona, y los humanos despreciamos, inmersos en nuestro minúsculo y viciado mundo de egoísmo. Suerte que Dios, si está en algún lugar, todavía no ha bajado a la tierra.