Con Thoreau

Hace casi tres años me regalaron por mi cumpleaños un libro de citas de Thoreau de la editorial Errata Naturae. El libro se llama Todo lo bueno es libre y salvaje y se divide en capítulos por temática en los que se recogen algunas de las frases o reflexiones del escritor estadounidense en toda su producción literaria.

Luego me compré Walden, de la misma editorial. Se trata de su obra más conocida y en la que relata su aventura viviendo en plena naturaleza en su cabaña construida cerca del lago Walden situado en Concord, Massachusetts. Para ser completamente sincero debo decir que no he terminado de leer esta obra, pero me siento capacitado para imaginar a aquel tipo viviendo en la naturaleza en su cabaña de madera.

Henry David Thoreau es un autor que siempre me ha resultado simpático por algún motivo. Me lo imagino como un tipo barbudo, afable y natural como la vida misma. Thoreau fue para mí un auténtico descubrimiento y, aunque no comparta muchos de sus postulados, creo firmemente en algunas de sus ideas.

Cuando me encuentro en algún apuro o demasiado agobiado recurro al hombre que se fue a vivir lejos de todo y de todos para que me cuente algo interesante. De Thoreau no destacaría nada en concreto, pero sí todo en absoluto; creo que se le podría considerar un intelectual, un chalado o un tipo algo fracasado a la vez.

Creo que me despertó simpatía cuando leí en sus diarios que había tenido que pagar por la publicación de su libro y, encima, no había vendido más de 150 ejemplares. El resto los había regalado o los amontonaba en casa.

Sin duda alguna, recomendaría leer algo de unos autores norteamericanos más importantes de la historia a cualquier persona que le guste la naturaleza o esté cansada de la gente y sus tonterías. Thoreau es un oasis de paz y, entre consejos y doctrinas, va construyendo las bases del pensamiento trascendentalista del que es representante.

No sea simplemente bueno, sea bueno por algo.

Henry David Thoreau