A 75 años de Hiroshima y Nagasaki

Hoy, 6 de agosto de 2020, un año que está brindado poco más que catástrofes y desgracias a la población mundial, a pocos días de una devastadora explosión ocurrida en Beirut, se cumplen 75 años de uno de los acontecimientos más vergonzosos de la historia de la humanidad.

Hace 75 años terminó la Segunda Guerra Mundial, el cruento enfrentamiento en el que demócratas y comunistas se la aliaron para derrotar al feroz enemigo común: el fascismo. Las dos caras visibles de esta ideología fueron Hitler y Mussolini, cancilleres de Alemania e Italia. Sin embargo, la gente tiende a pasar por alto al tercer país involucrado en esta contienda: Japón, gobernado por Hideki Tōjō, militar fascista y de espíritu autoritario.

Bien es sabido por todos que la gran mayoría de la atención mediática ante la Guerra se concentró sobre el frente occidental. A pesar de que la Campaña del Pacífico es también conocida, no lo es en la medida en que se desgrana a fondo el Desembarco de Normandía, la Batalla de Stalingrado o el Blitzkrieg. El 6 de agosto de 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial con la rendición incondicional japonesa, promulgada por el emperador Hirohito. A pesar de que los estadounidenses se llevaron la guerra en el bolsillo, su manera de hacerlo dista mucho de un procedimiento honorable.

Dos bombas atómicas, Little Boy y Fat Man, fueron lanzadas en un intervalo de tres días por aviones americanos sobre dos ciudades japonesas de considerable tamaño: Hiroshima y Nagasaki. Los estadounidenses pretendían de este modo evitar tener que luchar en el archipiélago japonés. A pesar de haber logrado la victoria en campañas como la de Iwo Jima, los soldados americanos habían visto de cerca la ferocidad de los combatientes japoneses. Los altos mandos no querían imaginar lo que sucedería cuando sus tropas pisaran Kyūshu, la isla más septentrional del archipiélago japonés.

El temor de los estadounidenses lo generaba la condición sagrada del suelo para los japoneses. En aquellas tierras habitaba el emperador, figura completamente divina para el pueblo y motivo de la ferocidad, en ocasiones suicida, de los nipones. Los americanos querían evitar a toda costa tener que pensar hasta donde podría llegar la temeridad japonesa cuando pisaran el mismo suelo que el sagrado emperador.

Por ello, los estadounidenses llevaron a cabo un movimiento astuto. Lanzaron dos bombas atómicas con la intención de matar dos pájaros de un tiro. De aquel modo, mostrarían a la Unión Soviética, que se convertiría en su rival, el verdadero poderío tecnológico estadounidense, evitando la injerencia soviética en la campaña del Pacifico. Por otro lado, los estadounidenses aniquilarían el hilo de moral que le quedaba al Ejército nipón sin poner un pie en su archipiélago.

Harry S. Truman, que había sustituido a Franklin D. Roosevelt, no lo dudó un segundo. El resultado de la estrategia en Hiroshima fue el siguiente: más de 70.000 muertos al instante y otros 70.000 más por culpa de las heridas o la radiación. Los supervivientes, aparentemente afortunados, quedarían marcados de por vida por las secuelas radiactivas, que son especialmente funestas. En Nagasaki las consecuencias fueron igualmente devastadoras.

¿A qué precio lograron los estadounidenses ganar la guerra? Barack Obama visitó durante su mandato ambas ciudades y se disculpó con el pueblo japonés por lo sucedido. ¿Más de medio siglo después, son aceptables dichas disculpas? En el momento de la verdad, los estadounidenses pusieron la victoria por delante de cientos de miles de vidas inocentes. No lo dudaron ni un momento. Miles y miles de vidas que esperaban poder salir a flote de aquella guerra sin sentido fueron arrebatadas por los engendros atómicos al servicio del ser humano.

Ya lo dijo Robert Lewis, copiloto del Enola Gay, avión militar que transportaba a Little Boy, después de lanzarlo sobre Hiroshima. Lo dijo al ver la gigantesca masa de humo que se formaba sobre las cabezas de miles y miles de personas absolutamente inocentes. Creo que puedo comprender mínimamente lo que sintió Robert Lewis en aquel momento. Sus palabras fueron: “Dios mío, ¿pero qué hemos hecho?”. Presenció la vileza del ser humano en estado puro.

75 años después, los supervivientes de la tragedia, que por desgracia ya son muy escasos, advierten al mundo que otra catástrofe nuclear no es en absoluto una posibilidad remota. La creciente crispación vivida a nivel mundial y la polarización ideológica hacen que cada vez sea menos disparatado imaginar otro escenario como aquel. Y los que lo vivieron temen porque vuelva a suceder. Nadie conoce el horror hasta que no lo ve con sus propios ojos.