Fotos en la pared

Desde hace algún tiempo, las paredes de mi habitación se han convertido en el soporte para colgar todo tipo de recuerdos. Los más abundantes son las fotografías que voy haciendo en mis viajes, pero también cuelgo figuras, pulseras, entradas de cine, colgantes o incluso un pasaporte caducado.

Mi cama no tiene cabecero, en su lugar se erige un gran mapa del mundo y sobre él un as de picas en forma de tablero de madera. Todo aquello rodeado por instantáneas de los diferentes periplos que he ido cosechando a lo largo de estos últimos años.

Me sucede a veces que me encuentro escribiendo o leyendo, mi ojo malo decide que ya es suficiente y comienza a hacer acto de presencia. En ese momento levanto la vista de lo que esté haciendo y contemplo toda una vida pegada a las paredes. Las fotos no siguen una organización exacta; se amontonan y juntan viajes a Roma con exóticas playas caribeñas así como el que no quiere la cosa. También es importante matizar que no sólo tengo inmortalizados los mejores viajes que he hecho, también hay escenas de cotidianidad como una fotografía en la que aparezco con mi gran perro Nemo en la cama, de un girasol que platé una vez y decidió fallecer debido a mi mala praxis o fotos de cuando he ido a votar. No todo es exuberante ni lejano; aparece coronando mi escritorio, una fotografía que retrata un pasaje de las Meditaciones de Marco Aurelio que dice “La mejor defensa es no parecerte a ellos”.

A la izquierda de esta foto, en un pequeño resquicio que queda de la pared antes de que inicie el armario aparece la sección de objetos y cosas variadas: desde una cruz de Tau de Asís hasta una pequeña bandera a modo de banda con semejanza a una pulsera que sustraje de un restaurante vienés. En esta esquina aparecen elementos gráficos que aún huelen o conservan marcas de uso; una pulsera de cuando hice el Camino de Santiago medio destrozada o las entradas de cine de cuando vi Joker completan un mosaico de lo más interesante.

En otra pared aparece una matrícula en la que pone “Habana 2019” y un elemento decorativo (cuyo nombre ignoro por completo) hecho para ser colgado de su parte trasera que representa a Kukulkan o Quetzalcóatl, que viene a ser fundamentalmente lo mismo. También están colgadas dos bufandas: una de la final Real Madrid – Liverpool de 2018 en Kiev que recibí como regalo de uno que sí fue y otra del AC Milan que compré yo mismo en una tienda de deportes de aquella ciudad.

Lo curioso de todo es el fin de todo el asunto. Colecciono fotografías y recuerdos en la pared porque es el lugar donde puedo ver con más claridad el transcurso de los años. Como si de un gráfico se tratase, me veo a mí con menos años en una playa mexicana sonriente o a mi familia en una caverna oscura con trajes de neopreno. Recuerdo la procedencia de cada objeto y casi hasta su precio, como el que me ahorré comprando una placa en roma en la que se puede leer S.P.Q.R y que me salió algo más barata gracias al arte del regateo.

Cada fotografía tiene su historia y como en la gran mayoría aparezco yo o soy yo el autor, recuerdo el momento de casi todas. Así que cuando no puedo seguir leyendo me paro un rato a observar el fruto de años en los que he tenido la oportunidad de conocer mundo y vuelvo a estar en lugares a los que espero volver cuando la cosa quiera retomar su cauce.