Mí, me, conmigo

Entre tanta contradicción, entre tantos polos opuestos, entre tantos puntos de vista; entre tanta gente, emerge una delicada balanza entre dos excesos que, aunque lejanos, llegan a tocarse. En medio de ambos, resistiendo por mantenerse sin pecar por defecto o por demasía, el amor propio.

No se trata de ego, ni tampoco de anteponerse al resto, pero sí de querer a la persona que somos y con la que, en cierta manera, tendremos que pasar el resto de nuestra vida. Sin embargo, la gran incógnita que pasa desapercibido es, ¿nos enseñan a querernos a nosotros mismos?

Desde temprano, estamos expuestos a las paradojas de una sociedad compleja y frágilmente corruptible que provoca en nosotros un sentimiento de confusión y desamparo con la persona que somos: estereotipos con cuerpos de escándalos versus atractivas e irrechazables cadenas de comida basura; la supuesta convivencia en sociedad y la empatía hacia el otro en contraste con el individualismo por y para uno mismo; ser uno mismo contra ser como la sociedad quiere que seas. Entonces, ¿quiénes somos realmente?

A todo esto, cabe sumarle la idea capital que nos inculcan y que inculcamos inconscientemente acerca del deber de hacer que nos quieran y querer al resto tanto en el ámbito sentimental como en la amistad o en la familia, entre otros. No obstante, poniendo el punto de atención en las relaciones de pareja, es bien cierto que, si tenemos esa necesidad de sentirnos queridos y de querer a alguien, ¿por qué no hemos aprendido a querernos a nosotros mismos antes de querer a los demás?

Muchos psicólogos apuntan que la autoestima puede influir en todos los ámbitos de nuestra vida y, por esta razón, es muy importante cuidarla y atenderla como si de una planta se tratase: con paciencia y cariño, porque si no nos queremos y “achuchamos” mucho el resto no podrá hacerlo por nosotros.

No es vanidad, tampoco soberbia ni altanería, es saber aceptarse a uno mismo con sus defectos, rarezas y virtudes para que, si así sucede o lo deseas, poder querer a otras personas, pero que, si no ocurriera, es una opción tan buena como cualquier otra. Todos tenemos inseguridades, es inevitable, pero no podemos dejar que nos ocupen completamente; hay mucho por vivir.

Tal vez la clave sea empezar a cambiar algunos hábitos por otros:

Que todo sea por uno mismo y no para los demás.

Sé la excepción de la paradoja. Quiérete y después ya se verá.

“Me pinto a mí misma porque soy quien mejor conozco”. Frida Kahlo