El olor de las almendras amargas

Comencé a leer a García Márquez prácticamente de casualidad. Recuerdo que mi hermana fue a la librería a por unos encargos del instituto y yo saqué unos quince euros de mi cartera y se los di por si encontraba algo. Poco después llegó a casa con un libro entre el material escolar: se trataba de un ejemplar del característico tamaño de la editorial Debolsillo con su lomo rojo y su cubiertas en tapa blanda. Menos de nueve euros costó le costó a mi hermana Crónica de una muerte anunciada, pero a mí me costó bastante más. Quizá esa insignificante inversión fue la desencadenante de una mayor y posterior adquisición de un amplio repertorio de libros del autor colombiano.

Leí Crónica de una muerte anunciada como el que ojea una revista, casi con reticencia hacia el autor. No me fiaba ni un pelo de García Márquez por las cosas que había escuchado de él, sin embargo, cada página de aquel relato era mejor que la anterior, y eso que el desenlace se sabía desde el inicio. Pensé que se trataba de una cosa demasiado rara como para ser tan buena; yo, de gustos clásicos, no concebía que una innovación literaria de tal calibre hubiera sido un fenómeno de ventas y su autor hubiera sido galardonado con el Nobel. En fin, casi resignado acabé por rendirme a los pies de aquella breve novela sin más contemplaciones que la admiración que sentí por las manos capaces de crear semejante obra.

Luego vinieron otras. Leí El coronel no tiene quien le escriba en un verano muy caloroso durante un par de ratos. Me pareció igual de genial que Crónica de una muerte anunciada y, además, ya sabía a lo que me enfrentaba cuando encaré por primera vez las páginas de aquel librito. Durante un frío diciembre encontré Relato de un Náufrago por menos de cinco euros en una librería perteneciente a una gran cadena, de estas de grandes superficies. No me pude resistir, pagué con un billete de cinco y me devolvieron cinco céntimos. Un chollazo en toda regla, vaya. Lo leí como el que quiere sacar al desdichado marinero del mar, como si de mí dependiera el sino del hombrecillo a merced del océano. Alimentó mi afán por el género periodístico y aprendí con él un par de trucos que suelo utilizar habitualmente. También leí Memoria de mis putas tristes casi con pudor puritano al observar lo que allí residía.

Para reyes me regalaron una antologías de artículos periodísticos de Gabo que recibe el nombre de El escándalo del siglo. Muy interesante también es analizar el recorrido periodístico, literario y vital de este personaje a través de esta antología que recoge algunos de sus mejores artículos publicados en periódicos reales y en fechas pasadas. He de reconocer que aún no lo he finalizado, ni tengo pensado hacerlo por el momento. Lo leo con calma, de vez en cuando y disfrutando de la noticia cuando ha pasado ya demasiado tiempo como para que le siga importando a alguien.

Pero también cayó en mis manos El amor en los tiempos del cólera en una preciosa edición ilustrada de Literatura Random House. Digo lo de preciosa porque la encuadernación del libro revela mimo y decoro. Se trata de uno de esos libros que dan ganas de leerlo sólo por su apariencia. Creo recordar que también fue un regalo de reyes y fue el primer libro que leí durante el confinamiento. Bueno, el primero que terminé, porque lo había empezado un poco antes, pero debido a su longitud y belleza no había finalizado.

El amor en los tiempos del cólera es una novela que podría definir como bonita. García Márquez se recrea en una historia que narra el devenir de varias vidas hasta el punto de que el principal fuerte de este libro sea la forma en la que está escrito. Es, para mí, su mejor obra, incluso por encima de Cien años de soledad porque en El amor en los tiempos del cólera se narra el amor y el desamor del modo más amargo posible, tal y como ya se indica en la primera frase del libro: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. Llegué a estar tan inmerso en el libro que cargaba con él a todos lados: lo llevaba en el coche, en la mochila de la universidad y viajó a todos los rincones de mi casa. No podía separarme de él tal y como le sucede a Florentino Ariza con Fermina Daza; el libro es demasiado bonito como para no leerlo.

Y así, poco a poco, fui descubriendo el destino de estos dos niños al principio y ancianos al final mientras que yo, en lo profundo de mi ser, mutaba con cada revés de la narración a la tempestuosa historia del pobre Florentino.

Puedo reconocer que no estoy de acuerdo con García Márquez en muchas cosas, quizá en la mayoría, pero eso no me impide disfrutar de uno de los escritores más grandes que el siglo XX dio al mundo. Puede que lo que necesitemos ahora sea más que nunca discutir con este tipo de gente, mucho más sabia que cualquiera de nosotros, y pararnos a pensar en lo que realmente estamos haciendo, como si nos estuvieran describiendo en una de sus novelas. Gabo ocupará siempre un lugar bien grande en mi corazón y biblioteca porque me hizo llegar desde un sitio muy lejano todo lo que en ese momento necesitaba saber.