Periplo ocular

No he contado por aquí la odisea que viví durante año y pico de mi vida. Tampoco es nada particularmente peligroso ni mortal, pero puedo asegurar que un carcinoma basocelular en un párpado puede ser muy desagradable, molesto y odioso.

Mi historia con el párpado inferior de mi ojo izquierdo comienza hace ya mucho, en 2016. No recuerdo el día exacto, pero corría el verano de 2016 y en mi ojo apareció algo que yo describí como una especie de orzuelo. No era más que un granito de pequeñas dimensiones en el ojo que ni molestaba ni se notaba a no ser que miraras específicamente ahí para encontrar algo. Era prácticamente una nimiedad, vaya. Pedí cita para el oftalmólogo en el Hospital Universitario de Guadalajara. Cuando por fin entré a la consulta, las dos doctoras me comentaron que no era más que un granito y que, mediante un pinchazo, se iría con el paso del tiempo. Entonces me inyectaron algo en la zona y me comentaron que en un plazo de un año desparecería completamente.

Algo mareado por la impresión que da una aguja en aquella zona (y desconocedor de los sucesos que posteriormente se desarrollarían), seguí con mi vida normal sin demasiadas molestias. No fue hasta el año siguiente cuando el bulto comenzó a hacerse más grande y, lejos de desaparecer como pronosticaban las doctoras, se comenzó a hacer claramente visible. La zona del párpado comenzó a clarear en pestañas, pero la molestia no suponía ningún inconveniente para la vida de estudiante que llevaba por aquel entonces.

Ya a comienzos del 2018, mi madre, persona gracias a la que se solucionó el problema, decidió pedir cita para el oftalmólogo, pero esta vez en una clínica privada haciendo uso de nuestra póliza médica. Fui a la Clínica Virgen de la Antigua, también en Guadalajara. La espera duró infinitamente menos que con la sanidad pública y la sorpresa fue mayúscula cuando la doctora me comentó con un simple vistazo que lo que tenía no se quitaba con una pomada: tenía un tumor. Me imagino las reacciones de los lectores al leer esto; tenía un tumor, sí, pero no había nada por lo que temer puesto que la visión no corría peligro alguno y con una operación todo quedaría solucionado. Como no soy un amante de mi estética, no me preocupaba lo más mínimo si se veía una cicatriz o no, me daba y me sigue dando igual. En aquel momento sólo quería que me quitaran de mi ojo el carcinoma y seguir con la ajetreada vida de un estudiante de segundo de bachillerato.

Aún con toda la seguridad de la doctora, decidió hacer una biopsia para confirmar totalmente el diagnóstico. A los dos días de la consulta ya comencé a vislumbrar lo que tenía por delante: entré a la sala en cuestión (que supongo que sería un quirófano), me anestesiaron localmente la zona y cortaron un pequeño pedazo del tumor para analizarlo. Luego cauterizaron la herida y volví a casa sano y salvo. En el ojo se veía un pequeño punto rojo, lugar del que se extrajo la muestra, y ya era visible; además, como la mayor parte de gente con la que me relacionaba sabía del diagnóstico, podía notar que se fijaban bastante en el ojo en cuestión. Tampoco me supuso un gran problema a decir verdad.

Resultado tras la biopsia. 13 de febrero de 2018

Tras confirmar el pronóstico inicial me citaron para operarme en el Hospital Sanitas La Zarzuela para muy poco tiempo. Me asombró bastante ver el reducido tiempo de espera hasta la que debería ser la primera y última operación.

En abril me operaron tras pasar alguna consulta con la dermatóloga que se iba a encargar de ello. La operación no requería ingreso por lo que llegué al hospital alguna hora antes de entrar en quirófano. Esperé algunos minutos en la sala de espera junto a familiares y luego me llamaron. Recuerdo que ni siquiera tuve que desnudarme al completo y me puse la bata esa que te deja el culo al aire sobre los calzoncillos. Me despojé de todo aquello que tenía encima, incluidas las gafas y me sentaron en un sillón muy cómodo para que esperara mi turno. La sala se antojaba de película, pero de película borrosa porque no veía un carajo. Me senté intentando no mostrar una postura desagradable para el resto de personas, cosa muy difícil en esos sillones, y simplemente aguardé. Como no tenía mi reloj y no veía los de la pared, me resulta complicado estimar cuánto tiempo pasé allí. No mucho creo recordar. Allí salía gente con esparadrapo en múltiples sitios: cara, brazos, espalda, pero ningún ojo tapado. En aquel momento quizá fui consciente de mi mala suerte.

Todos los doctores que me habían visto coincidían en que era casi imposible que sucediera lo que me sucedía y, sin embargo, pasó. Me decían que eso suele pasar a las personas albinas o a personas muy mayores que han estado expuestas al sol durante una buena parte de su vida. Yo ni soy albino ni mayor, pero era lo que había.

Me llamaron y me condujeron en una silla de ruedas hasta el quirófano en cuestión. Allí esperaban enfermeras, la doctora y un doctor en prácticas, o algo similar, esperando con ansia desmenuzarme la cara. No me pusieron vía por lo que ya sabía que ni un calmante recorrería mi piel, iba casi a pelo. Me pincharon en la zona y dolió. A partir de ahí comienza el peor rato de mi vida. Me operaron en Madrid porque la técnica a utilizar no la realizan en todos los sitios: la doctora va quitando parte del tumor y se va analizando simultáneamente para comprobar cuánto carcinoma queda y dónde se encuentra. La primera parte de la operación me resultó prácticamente indolora. Una vez quitaron todo lo que verían pertinente, me condujeron a la sala de estar donde quedaba cada vez menos gente. Esperé allí sintiéndome un auténtico héroe triunfal saliendo glorioso de una batalla ganada. Todo estaba bien porque no me dolía y lo mismo sólo quedaba coser.

No, no quedaba sólo coser. El tumor era más grande de lo previsto y entré una segunda vez al quirófano para proseguir con la operación. Todo esto despierto, con el ojo izquierdo abierto y observando cómo los doctores cortaban, quitaban y sostenían aparatos ensangrentados. El joven doctor no paraba de comentar cosas que se veían en mi piel; a decir verdad, sé más bien poco de medicina, pero que un tipo se ponga a comentar que si la capa de la piel o lo otro, gracia no te hace. Cuando ya se hubo acabado la parte de “quitar” había que coser. En ese momento me comenzaba a doler y me dolía agudamente. Pedí que me volvieran a pinchar y así lo hicieron. Creo que dos o tres veces más fueron las que me anestesiaron localmente, pero cuando sentí que el dolor no pasaba, traté de ignorarlo y decidí que siguieran reconstruyéndome el párpado. El dolor se hacía cada vez más presente hasta llegar al clímax final: la aguja rozando mi globo ocular mientras que cosían el agujero de mi párpado. Es una sensación indescriptible que no desearía a nadie.

Aquí las imágenes de mi ojo antes y después de ser cosido. Absténganse sensibles.

Fotografía hecha por la doctora antes de iniciar la reconstrucción.
Fotografía hecha por la doctora una vez finalizada la reconstrucción.

Y así me marché a casa. Un gran vendaje me cubría casi toda la parte superior izquierda de la cara. Así me mantuve alrededor de una semana. Yo no sabía cómo tenía el ojo hasta la siguiente consulta, momento en el que me quitaron los puntos y me dejaron unos adhesivos. Intuía cómo iba la cosa porque me picaba el ojo y de vez en cuando sentía algún punto, pero no sabía a ciencia cierta cuántos eran o dónde estaban.

Al salir del quirófano seguía plenamente triunfal porque ya no me dolía como antes y se había acabado todo. Sólo quería ver a mi familia y marcharme a casa cuanto antes. De hecho, en un principio me dijeron que podría entrar un familiar a la sala de espera de pacientes cuando me sacaran para no estar solo. Pregunté y, a pesar de que todo el mundo allí estaba acompañado, me negaron la petición. Me vestí solo y cuando me fui a poner las gafas incluso me reí porque sólo podría ver por un ojo. Cuando bajé la cabeza para ponerme las zapatillas fue cuando me hice consciente de la situación. Un dolor punzante me recorrió la cara y me recordó dónde estaba y lo que me habían hecho. Salí de aquel vestidor mareado buscando a tientas la puerta que me diera acceso a la sala de espera general porque no veía bien: al abrir el ojo derecho se me abría también el izquierdo y me dolía mucho.

Llegué por fin al lugar en el que me esperaban desde hacía más de tres horas (de las que estaría dos y pico en el quirófano). Un nudo en la garganta me impedía articular casi cualquier palabra y me guiaron al coche. Caí redondo en el asiento derecho trasero y cuando recuerdo el viaje de vuelta vienen a mi mente imágenes inconexas. luego llegué a casa y me acosté.

La semana o semana y algo que pasé en casa no estuve tan mal. Como no podía ducharme debido al aparatoso vendaje, me bañaba en la bañera y mi madre me lavaba el pelo. No podía leer ni jugar a la consola por lo que simplemente estaba en el sofá viendo la televisión o durmiendo. Mi ánimo no decayó porque pensaba que ya había pasado lo más gordo y, además, la cosa no era de vida o muerte. Recuerdo ver alguna eliminatoria de Champions, creo que vi cómo la Roma ganaba al Barça y algún partido más.

Mi aspecto los días después de la primera operación

Como ya he dicho, fui a Madrid de nuevo y me quitaron los puntos. Antes de verme en el espejo, pasó mi familia y me vieron primero. La doctora comentó que un punto se había caído o algo similar. Cuando me vi por primera vez en el espejo, me noté cambiado. Me habían quitado una parte del párpado, algo que estaba y ya no. Y se notaba, se notaba bastante.

Para que se hagan una idea, podríamos decir que un pedazo de párpado inferior se había retirado y su hueco no lo ocupaba nada, es decir, la mucosa del ojo quedaba a descubierto cuando este se abría. El momento de visualizarlo fue algo extraño, pero tampoco me pareció tan feo; simplemente había mutado. La doctora me recetó una crema que debía echarme todas las noches para hidratar el ojo. Se pueden imaginar cómo es que a un tipo que no se pone lentillas porque le da apuro tocarse el ojo, le tengan que echar una crema y gotas en el ojo todas las noches. Pues es un marrón y un engorro, para qué nos vamos a engañar.

Volví a clase y acabé satisfactoriamente el curso, pero el ojo seguía molestándome. Comencé la universidad y el dolor persistía y, en ocasiones, se hacía muy agudo y punzante. Había veces en las que era francamente insoportable. Con todo, seguí acudiendo a las revisiones con la oftalmóloga que respondía a mis comentarios con algo así como ajo y agua. Pues eso hice.

Aguanté todo lo que pude. En ocasiones me tenía que ausentar de clases de la universidad porque el dolor era absolutamente insoportable. Me salía y tenía que conducir 70 kilómetros hasta llegar a mi casa. Pero tampoco me planteaba otra alternativa.

Mi madre, de nuevo, decidió pedir cita en el Hospital Sanitas de La Moraleja para una doctora, una oculoplasta. Hasta el momento desconocía la existencia de tal cosa. Pero resulta que por algún motivo no pidió para esa doctora y me vio otro doctor, especialista en la retina, muy simpático que me dijo que efectivamente el estado del párpado era inviable para el largo plazo. Luego sí fui a ver a la doctora en cuestión; una señora muy maja que finalmente me operó.

La segunda operación fue infinitamente mejor a la primera, aunque seguía despierto y con el ojo abierto. No me dolió tanto y tardó menos. Me reconstruyó la zona utilizando piel del párpado superior y luego me cerró el ojo con un punto que se pegaba a la frente.

A diferencia de la primera operación, el ojo no se mantuvo tapado más que el primer día. El día después a la operación me vi. Me vi en toda mi plenitud: hinchado, morado y con más puntos que un traje flamenco.

El punto postizo que mantenía cerrado el ojo debía aguantar tres o cuatro días. Fui previsor y compré cómics, género que nunca había leído, pero que me permitía visionarlo con un solo ojo. Leí cómics, vi la televisión y poca cosa más hasta que una mañana podía ver algo con el ojo malo. Le dije a mi madre que me quitara aquel punto y así lo hizo. Abrí el ojo y pude hacer vida medio normal.

Luego acudí a la doctora y me dijo que la cosa marchaba genial. Me quitó los puntos y resultó que algunos estaban demasiado frescos por lo que me puso unos adhesivos que debían aguantarme otra semana. Estuve un par o tres semanas sin ir a clase por motivos evidentes.

Luego me los quitó y quedé tal y como estoy ahora. Es cierto que si alguien se fija, se ve algo raro porque la piel no es exactamente igual y hay una pequeña cicatriz, pero el resultado es mucho mejor que el de la primera operación sin lugar a dudas.

Yo ahora. El ojo operado es el que se ve a la izquierda de la foto.

Ahora tengo que estar quitándome pestañas con suma delicadeza porque salen y rozan el globo ocular, pero es lo que hay. También me duele y ahora, creo que por el efecto que produce el uso de la mascarilla en el ojo, más. Sin embargo, creo que mi historia puede servir de ayuda para gente que esté pasando por algo similar, aunque no me considero ni un ejemplo ni nada por el estilo. Sólo decidí tomármelo con filosofía y perspectiva, como todo.