‘Yonqui’ de William Burroughs: una autobiografía impactante

Mi primer contacto con el escritor estadounidense William S. Burroughs vino a través de una recomendación por parte de un amigo, quien me comentó que Yonqui era uno de sus libros de culto. Aunque siempre estoy abierta a todo tipo de recomendaciones y siempre les hago un hueco en mi abultada lista de lecturas pendientes, la realidad es que este libro no estaba en mis prioridades. Como de costumbre, antes de empezar una nueva aventura con un nuevo libro acudo a dicha lista, y allí lo encontré, escrito con una letra despreocupada y casi ininteligible hecha por mí en algún momento del pasado; y lo que antes no era una prioridad pasó a serlo al descubrir que era uno de los libros favoritos de Kurt Cobain, además de un icono de la llamada Generación Beat. Su lectura fue para mi como un jarro de agua fría, una grata sorpresa que ha hecho que William Burroughs esté otra vez entre mis lecturas pendientes a corto plazo (Queer, por ejemplo, ya se encuentra en la estantería esperando su turno) así como el resto de autores de la ya nombrada generación, como Kerouac, Ginsberg o Kesey, a los que nunca he dado una oportunidad. Yonqui, además de ser mi primera lectura de Burroughs, es su primera novela, en la que con un estilo limpio y directo narra un episodio de la vida de un adicto a la heroína, la única droga verdaderamente adictiva según el autor.

Este libro nos ofrece una visión tan interesante como dura e impactante sobre la vida de un adicto, narrado en primera persona por Bill Lee. El autor mantiene que no existe ningún motivo concreto por el que una persona se vuelva adicta, y que engancharse a la droga no es tarea fácil puesto que se necesitan muchos pinchazos. La droga es una manera de vivir, y una persona se da cuenta de que está enganchada cuando pretende vivir sin ella. Yonqui es una crónica muy pura y real contada por alguien que sabe de lo que habla: William Burroughs fue un adicto hasta el fin de sus días, y Bill Lee, el protagonista y narrador de esta historia, es su alter ego.

Aunque esta novela no es ni mucho menos complicada de leer, en ocasiones resulta fácil perderse con la gran cantidad de nombres que aparecen en ella (amigos, vendedores de droga, compradores, conocidos, policías,…), algunos de los cuales solo se mencionarán una vez. También da la sensación de que hay varios saltos temporales que me han resultado desconcertantes: Bill Lee tan pronto se encuentra en una ciudad como en otra, y mi percepción al final era que había pasado más tiempo del que realmente había pasado. Confieso que, aunque es un libro bastante corto, en ocasiones puede resultar una lectura un poco repetitiva, pues la narración se resume en pinchazo tras pinchazo, desenganches, reenganches, compra de recetas, etc., aunque en eso se basa la vida de un adicto: la droga se vuelve parte de tu día a día, la necesitas para levantarte de la cama y para mantener el ánimo. Yonqui empieza con el protagonista explicando cómo cogió el hábito de inyectarse heroína, y continúa en esa línea durante toda la obra, explicando cómo es su vida ahora a través de un lenguaje impactante, crudo y directo.

Una novela no necesita tener un argumento llamativo para considerarse buena: a veces no importa el qué, sino cómo está contado. El limitarse a narrar un tema tan sucio y desgarrador como es la adicción a la heroína con la pasividad y los ojos de un yonqui, resulta, cuanto menos, estremecedor. Una realidad impactante a la que no quieres asomarte. Me ha recordado en ocasiones a Azul casi transparente, de Ryu Murakami, por su temática y por la pasividad con la que el autor escribe cada página. Probablemente no esté entre mis libros favoritos, pero de lo que sí estoy segura es de que no voy a olvidar muchas cosas de las que aparecen en él.

William S. Burroughs. París, 1959.

Foto: Brion Gysin

Cuando uno deja de crecer empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer.

Yonqui, William S. Burroughs