Nos los merecemos

Como los lectores más asiduos ya saben, en Leteo no se hablaba de política. Pero ahora ya se va a hablar; gran parte del equipo ha decidido que vamos a tratar este delicado tema y yo, como buen defensor de la democracia, acepto los resultados de los comicios.

No voy a inaugurar la sección, pero sí me voy a permitir hacer un breve comentario sobre la fauna que habita entre bambalinas políticas. Lo digo porque ustedes, queridos lectores, no leerán artículos de mi autoría de dicha temática. Las razones son las siguientes: no me gusta hablar de política y encima me cabrea. A veces no puedo más y termino despotricando, de ahí que abriera mi propio espacio en internet (mi nombre y mis dos apellidos).

Pero hoy me siento valiente, hoy voy a procurar no enfadarme despotricando, pero sólo lo intentaré. En muchos artículos de esta sección he cargado contra prácticamente todo el mundo; desde la sociedad en general hasta la universidad en específico. Pero de esto no he hablado demasiado.

Resulta que ahora vivimos en un país cuyos representantes políticos nos representan. Sí, nos representan. Porque el grueso de la sociedad está formado por individuos de la misma calaña que la clase dirigente. Así somos y así estamos. Nos merecemos a nuestros gobernantes porque no son más que un reflejo, quizá algo exagerado a modo de esperpento, de lo que en realidad somos.

Nuestra naturaleza es vil y cobarde por definición. Y es por ello que tenemos una clase política lamentable. Pero no estamos tan mal, siempre se puede estar peor. Sólo hay que ver la panda de imbéciles que dirigen el mundo: Trump, Bolsonaro, Kim Yong-Un o Xi Jinping. Cada uno a su forma, pero cada cual más idiota.

Hemos visto al presidente de Brasil comunicar que tiene la COVID-19 sin mascarilla y al de Estados Unidos animar a las masas a no utilizarla. Nosotros, como de costumbre, no nos quedamos atrás y el grado de inutilidad de nuestros políticos roza el pleno. Somos lo que nos representa.

En España nos representan incompetentes por norma general, aunque finalmente acabe votando a uno o a otro. Por suerte, de momento vivimos en un sistema democrático que, aunque algo amenazado por figuras grotescas, me permite expresar con claridad mi descontento con todo en general. Esas son mis razones para no escribir de política. También las tengo para hacerlo, pero hoy no me apetece alargar innecesariamente un artículo bien hilado.

Y ya por último, recuerden, queridos amigos, que la salud democrática de un pueblo se mide por la gente que vota a los incompetentes que gobiernan y no al revés.