Te echaré de menos, Marco

Tengo una manía. En realidad tengo muchas, pero una de ellas es hablar con los libros. Es como si se tratara de un ejercicio de salud mental. Yo hablo a la estantería o con algún libro o autor en concreto y me imagino la respuesta. Como no me responde nadie, sigo hablando yo solo. Cuando hago eso parece que estoy casi tan majara como cuando hablaba latín dando vueltas por el cuarto aprendiéndome pronombres y traduciendo textos. Pero sólo casi.

Cuando termino un buen libro, de esos que sabes que es magistral, que deja poso en el alma, tengo la acostumbre de abrazarlo contra mi pecho y soltar alguna frase antológica. La que más me gusta es “Y qué a gusto se quedó el muy cabrón”. Luego procedo a dejarlo en el lugar correspondiente. Algunos libros habitan en la estantería y otros, de habitual consulta, se quedan en la encimera. Pero tengo la delicadeza de no juntar dos autores que podrían llegar a pelearse. Las manías de uno. Los agrupo de tal modo que generen armonía; como todo el rollo zen ese, pero a con mi toque personal.

Hoy he terminado las Meditaciones de mi querido Marco Aurelio. Me quedaba demasiado poco como para dejarlo así durante toda la vida y he decidido extinguir la duda del libro y finalizar la lectura de los pensamientos del emperador filósofo. Y se han acabado, y con ellos muchas horas de reflexión y deleite intelectual. Días y semanas aprendiendo e imaginando al hombre más poderoso de su tiempo escribiendo sobre la banalidad de su existencia. Es una lástima, pero todo, incluso ese libro, termina por extinguirse.

Así que he querido dar una buena despedida a mi gran amigo Marco que me ha acompañado durante los dos últimos años y cuyos pensamientos he leído y releído hasta la saciedad. El libro ha estado en muchos lugares, ha conocido el Caribe y Austria. España también se la ha recorrido entera. Un viajero el tío Marco. Pero ya se ha quedado aparcado en la encimera porque es un libro de consulta recurrente. Y, por mucho que quiera engañarme, va a seguir acompañándome a los sitios, pero ya no sentiré esa sensación, ese maravilloso sentimiento que uno descubre al leer “La mejor defensa es no parecerte a ellos” por primera vez.