De menos

Si me paro a pensar, puedo llegar a averiguar que la mayoría de cosas que me han sucedido en la vida no las recuerdo. Se han ido, han volado en una marcha infinita hacia un letargo de olvido, amor y odio.

Es curioso, pero es verdad. Y las verdades pueden doler, igual que las mentiras. No estoy de acuerdo con aquellos que afirman categóricamente que la verdad duele sin añadir el resto de la frase, es una sentencia incompleta y mentirosa. Las mentiras duelen tanto cuando se sabe de su naturaleza como cuando no. Pero lo que más duele es la certeza del olvido, de la lejanía. Eso es el punzante desconsuelo palpitantemente constante de la vida.

A veces me pregunto qué echo de menos realmente; es decir, qué cosas querría volver a tener en este instante. Pueden ser momentos, personas o cualquier elemento presente en la realidad de un sujeto. Hay muchas cosas, quizá demasiadas, que cumplen con esta definición. Pero suelo ir un poco más allá y me pregunto por qué. Entonces ya la criba es absolutamente devastadora porque me doy cuenta de todo lo que se ha ido y no vuelve por mucho que uno lo desee.

De vez en cuando añoro la época en la que apostaba y ganaba un dinerillo con el que me compraba algún que otro capricho, pero ese antojo se me pasa rápidamente porque al fin y al cabo, el dinero va y viene. Otras veces me pregunto dónde estará el chaval insulsamente feliz que pasó por la ESO sin estudiar ni repetir. Ese tipo se quedó allí, en las fotos de clase que ahora cogen polvo en algún cajón de mi cuarto; quedó postrado frente a una cámara y un fotógrafo gracioso para no volver jamás. A ese tipejo le recogía su madre del instituto y luego comía en casa en compañía de sus dos perritas: Dori y Lisa.

Poco después, Dori se quedó con él, flotando en la deriva del tiempo mientras el joven se iba haciendo cada vez más mayor. Porque cuando uno no tiene consciencia de ser, no puede echar de menos nada. Es algo filosóficamente matemático pues no se puede anhelar lo que no se quiso o no se tuvo. Punto y final.

Pero no sé muy bien cómo, me hice tan mayor como lo soy ahora. Y cuando vuelvo la cabeza atrás veo muchas cosas que ya entiendo como perdidas, ausentes. Veo momentos y personas que me saludan con un tinte gris como el de los objetos de una casa vacía, abandonada por todos y habitada por el tiempo y su incesante transcurrir. Como si de fotos se tratara, en la lejanía de una imagen, me saludan a su manera sin poder mediar palabra. Qué palabra vas a poder cruzar con un vago recuerdo de alguien querido.

A veces me pregunto si hay belleza más allá de la evidente. Si hay algo bonito en recordar a mi primera mascota y su lacio pelo largo color canela, y sus ojos negros, y sus arranques de locura, y su decrepitud, enfermedad y muerte. Porque recuerdo haberla visto demasiado joven como para que se volviera vieja.

Me pregunto si hay algo bonito en recordar una conversación alegre con alguien a quien yo siempre he visto como mayor. Es imposible que un abuelo sea joven, aunque lo parezca. Y un par de carcajadas por teléfono. Hay lástima en la lejanía y demasiado olvido en el recuerdo.

Merece la pena obviar lo inmediato para saludar de vez en cuando a todo lo que una vez fuimos y quedó inmortalizado en una fotografía. Yo sigo allí, en el patio del instituto con un inmaculado uniforme y cara de pan, aún sin gafas, mirando al objetivo de la cámara sabiendo los minutos de clase perdidos, pero ignorando todo lo demás. Y me saludo desde aquí para verme gris y rebosante de vida. Y no le digo nada porque un telón de años caen como un muro de hormigón monótono. Pero él me sonríe, sin quererlo, porque miraba al objetivo de una cámara.

Eso es la lejanía del anhelo y la carencia del estar. Hay belleza en el olvido y pesar en el recuerdo.