Cuando escribo en esta sección lo hago de manera diferente que cuando escribo un artículo de opinión. Aquí necesito meditar, pensar profundamente y hallarme entre todo el escombro de cotidianidad que sepulta a un chavalín que sólo quiere ser feliz.

Estaba yo ahora leyendo Alegría de Manuel Vilas tras ver el Celta – Barcelona y pensado en el día de hoy. En el de hoy, pero en todos los días que alguna vez fueron hoy, porque como dijo Emily Dickinson, siempre está compuesto de una sucesión de ahora (más o menos).

Pensaba en lo que he hecho esta mañana. En los paisajes que he visto y en lo que he hablado con mi primo. En la música que sonaba y en lo que precisamente no sonaba: el silencio. Porque el silencio no abunda, hay que buscarlo. Y ahora, escribiendo estas líneas con el teléfono, me pregunto tal cantidad de cosas que ya no sé ni lo que responder ni lo que formular.

Cuando he decidido cerrar Alegría para escribir esto, me he puesto el libro abierto en la cabeza. Y entonces he recordado que es algo que hacía en el colegio y en el instituto; me ponía los libros de texto en la cabeza de modo que las solapas quedaran alineadas con la cara y la nuca a modo de tejado a dos aguas. Luego decía que era un chino. ¿Por qué iba a ser un chino? ¿Es que los chinos se ponen libros en la cabeza?

Digo yo que no, pero yo lo decía y ahora me acuerdo de aquello. Tengo buena memoria, pero es difícil recordar todo lo que he pasado durante mis veinte años. Hay recuerdos que son de paso o de consulta. Son aquellos que prácticamente se reviven a diario. Hay recuerdos que por alguna razón conviven con nosotros durante un tiempo que se puede alargar hasta el siempre.

Pero cuesta recordar y duele hacerlo. Quizá sea porque recordar es, etimológicamente hablando, volver a pasar (re) por el corazón (cor/cordis). Esto es algo que aprendí en una clase de latín y nunca tengo la intención de olvidar. Por eso duele hacerse cada vez más mayor y ver que algunos jugadores de fútbol ya tienen tu edad; mientras tanto, yo aquí, haciendo cosas vanas para la mayoría.

El dolor es digno de estudio, pero no de estudio médico, sino de estudio personal. Porque alguien dijo que nadie escribió nada bueno estando feliz. Y puede ser verdad. Pero como yo ya no sé lo que escribo, me puedo permitir el lujo de estar como buenamente pueda.