El coste de la información

La información no son más que datos, datos que están ahí, deambulando por el mundo aguardando que alguien los coja al vuelo y comience a propagarlos. A veces me imagino cómo podía informarse la gente antes de la llegada de la era de la comunicación y la sobreinformación, es decir, antes de la llegada de internet a la mayoría de los hogares de los países desarrollados. Me cuesta pensarlo, es verdad; me cuesta porque ahora tenemos toda la información al alcance del dedo, literalmente. Podemos saber todo lo que ocurre en países tan distantes del nuestro como Tailandia o Chile a golpe de click. Ahora ni siquiera eso, nos llega la información a nuestros teléfonos en forma de notificación.

Como ya no hay interés por informarse, la comunicación ha perdido valor y, por tanto, se ha dejado llevar por la corriente simplista. Sin ir más lejos, ayer podía ver en un feed de noticias un artículo sobre una golfista que no llevaba ropa interior cuando jugaba al golf. Me pregunto qué clase de persona lee ese tipo de artículos y también qué profesional puede llegar a escribirlo.

La comunicación se ha democratizado y nosotros, Leteo, somos una muestra perfecta de este nuevo paradigma. Con una mínima inversión y algo de ganas, hemos podido crear un medio interesante al alcance de cualquiera. Eso está bien, pero no todo está bien. El “todo vale” no es correcto de ningún modo. Y es que la información que antaño corría de boca a oreja ahora tiene su lugar en webs sensacionalistas que no buscan más que una mera visita a su página y así ganar más dinero con la monetización aplicada.

Por todo ello, amo y odio al nuevo escenario que se nos abre ante nuestros ojos. No obstante, que internet y el mundo virtual sean un gran escaparate de noticias no quiere decir que los medios de comunicación tradicionales queden desplazados irremediablemente. A mí, a título personal, no me gusta demasiado la televisión. No es que no me guste el invento como tal, es más, me encanta. No me gusta la mayoría de canales y programas que emiten en antena. Tengo la suerte de tener canales de pago y poder ver fútbol y documentales, de otro modo sólo utilizaría la caja tonta para ver películas o series. Los medios escritos son el espejo en el que me miro. Los leo, los examino, busco los fallos y trato de mejorarlos aquí. Pero al fin y al cabo, son los que consumo.

Hay otro tipo de medios que están en mi cacharro preferido: la radio. Quizá sea porque fue el primer lugar donde tuve un espacio dedicado a mi programa o porque me gusta simplemente, pero adoro la radio. Ayer, con el motivo de realizar este artículo, investigué los precios de lo transistores en diferentes webs. Me di cuenta de que una radio normal no sobrepasa los veinte euros de coste. Con eso y unas pilas tienes información para mucho rato. El que dice mucho rato dice todo el día. Hay infinidad de emisoras que se pueden escuchar con un pequeño aparato capaz de captar ondas y reproducirlas por su altavoz. Yo tengo una radio de mi abuelo. Quizá sea la mejor herencia que me haya podido dejar. Se trata de una Sanyo RP-5072 (la de la foto). La tomé prestada, como el que dice, la última vez que estuve en su casa. Él era como yo en ese aspecto: acumulaba cacharros y pilas. Lo de las pilas yo creo que es algo genético porque me pasa exactamente igual; siempre necesito tener muchas pilas. El caso es que abrí un cajón y había muchas, muchísimas radios. Yo cogí una de ellas, una que no iba a utilizar nunca porque estaba en un cajón junto a muchas más y me la llevé a mi casa. Desde aquel entonces, el pequeño aparato me ha acompañado hasta el día de hoy.

Es cierto que tengo radio en mi teléfono móvil y en el Google Home que tengo en la habitación, pero es que no es lo mismo. Ahí no hay que buscar con la ruedecita la emisora y subir o bajar el volumen con otra rueda. Así de complejo y sencillo. Además, tiene una barra longitudinal, que seguro que tiene un nombre que desconozco, que muestra las frecuencias para ir desplazándote de lado a lado con un indicador blanco. Tienes que afinar bien porque si no la señal se entrecorta y adiós muy buenas. Normalmente escucho programas deportivos como Tiempo de Juego en la Cope, aunque también me gusta escuchar otras emisoras. Es una experiencia que la gente de mi generación y, sobre todo, los más jóvenes no han experimentado mucho. Tiene además una antena extensible y un cordón a modo de correa. Escuchar la radio es para mí símbolo de tranquilidad. Muchas veces escucho los partidos en vez de verlos porque estoy en mi habitación haciendo otras cosas y cuando veo los partidos, cambio el sonido de la televisión para escuchar el de la radio.

Una de las experiencias más relajantes y satisfactorias que he llegado a sentir es conducir con la radio. Con un partido de fondo o una charla sobre alguna cosa que no sea política. Con el volumen bajo, que se pueda escuchar el motor del coche, el tacto del volante y el tintineo de los intermitentes. Eso, amigos míos, es paz.

El coste de la información es prácticamente nulo, pero el coste de estar informado es relativamente alto. Requiere formarse un juicio crítico sobre multitud de cosas y en definitiva, sobre la vida. Una radio cuesta menos de veinte euros y un teléfono móvil tenemos todos. Somos nosotros los que decidimos si queremos o no ser ignorantes.