Subemontañas

En los días más duros del confinamiento, aquellos de marzo y abril en los que la cifra de fallecidos diaria ascendía más allá de los quinientos muertos, me dije a mí mismo que cuando pudiera salir haría alguna cosa extraordinaria. No por ser una proeza, sino más bien por el sentido propio de la palabra: fuera de lo común, de mi cotidianidad. Me propuse entonces subir al Pico Ocejón, una de las montañas más célebres de Guadalajara con sus 2046 metros de altitud.

Un buen día se lo dije a mi primo, pero lo que no me esperaba es que la desescalada hacia la “nueva normalidad” estuviera dividida en fases. Me tocaba esperar sin remedio. Mientras tanto, leía libros de Jon Krakauer en los que habla de la montaña y sus peligros. Contra más leía, más quería irme por ahí con una tienda de campaña y mi mochila, al monte, sin nada que me estorbara más allá que la naturaleza. El tiempo pasó y al final tuve que cumplir y acercarme al Ocejón con mi primo y un amigo. El día elegido fue ayer y sí, lo subí. Pero vaya día, vaya montaña y vaya ascenso.

Decidimos partir temprano, a las 6.00 ya estábamos en el coche rumbo Majaelrayo, pueblo en el que se iniciaba esa ruta. Elegimos esa en vez de la de Valverde de los Arroyos porque nunca la habíamos hecho, la otra sí, pero hace muchos años y en condiciones bien distintas. A eso de las 7.00 llegamos al aparcamiento donde dejé mi coche esperando un regreso temprano. No es que no quisiera ir, es que veía venir lo que estaba por suceder. Y lo que sucedió fue, irremediablemente, lo que tenía que pasar. Una montaña de dimensiones colosales se alzaba frente a nosotros, y nosotros, tres colgados que se van al monte cuando nadie siquiera está despierto, nos disponíamos a tragar camino para rato.

Como todo, empezamos por el principio. Mi primo llevaba sus bártulos de camarógrafo, mi amigo y yo nos llevábamos a nosotros que ya era suficiente. Comencé optimista (actitud que no perdí durante todo el día). El camino no era demasiado exigente y entre pendiente y pendiente hacíamos una pausa para hidratarnos y comer algo. La cosa no iba mal del todo, aunque es cierto que tres meses de confinamiento habían hecho mella en mi forma física ya de por sí hecha a leer y no a subir montañas. Yo iba el último de los tres, despacito a un ritmo bajo, pero relativamente seguro.

Una vez fue avanzando la mañana, comenzamos a ver ciertas dificultades en lo que estaba por venir: las pendientes se hacían cada vez más largas y el tiempo parecía no acompañar. En el coche divisamos una nube en la cima y nos reímos diciendo “al final se nos va a joder la foto arriba, eh”. Lo que estaba por venir no nos hizo tanta gracia en el momento, luego sí fue motivo de mofa. Entretanto llegamos a una especie de explanada que yo situaba relativamente cerca de la cima. El viento arremetía violentamente contra nuestros ya maltrechos cuerpecitos de excursionistas abrigados por una chaqueta o sudadera. No llovía, pero al estar situados dentro de una espesa niebla, nos mojábamos igual. Los hierbajos que rozaban mis zapatillas terminaban por calarlas y, en última instancia, a mis pies.

Yo me sentía exhausto de cuerpo, no de mente. Pretendía llegar a la cima pues es algo que me había propuesto hacía meses y esperaba con entusiasmo. Los pasos pesaban como bloques de cemento en mis piernas. Cada poco me veía obligado a parar para tomar un poco de aire en reposo y proseguir con la marcha. A cada pendiente superaba, se alzaba otra mayor. Así fue hasta que llegamos a la cima, bueno, o lo que yo pensaba que era la cima. Se trataba de un montículo o promontorio de piedra realizado a modo conmemorativo para que la gente escribiera y dejara recuerdos allí para la posteridad. Una inscripción recordaba a una pequeña fallecida hace dos años a la edad de tres. Junto a las letras descansaba una muñeca y una pulserita con su nombre; la imagen me resultó emotiva y algo espeluznante, no por el hecho que conmemoraba, sino por lo inhóspito y salvaje del paisaje: el viento soplaba feroz, el agua mojaba todo y el frío se apoderaba de quien osara quedarse allí.

Aquello no era la cima, había que andar un par de minutos por la cresta hasta encontrar el verdadero punto más alto de la cumbre. Allí nos echamos algunas fotos y me invadió el miedo. El miedo al vacío que nos rodeaba y a la fragilidad de la que estoy hecho. El miedo al infinito divisado entre la espesa bruma que no nos dejaba ver más allá de cinco metros. Nos fuimos.

Algo que siempre me ha asombrado del alpinismo es que, además de subir montañas, hay que bajarlas después. Yo tengo una forma de ser algo especial: prefiero hacer las cosas duras antes para que no me alteren la conciencia mientras descanso. Pero con las montañas no puedes hacer eso, primero se sube y luego se baja. Y bajar cuesta, pero menos. Ya no te cansa tanto la mente porque el único objetivo es llegar al coche sano, salvo y oliendo a ciénaga. Bajamos y volvimos a la tranquilidad del hogar.

Ahora ya he hecho lo que me propuse en el confinamiento y mi primo también sabe que ir grabando por la montaña cansa mucho. No puedo desvelar demasiado del proyecto que nos traemos entre manos, pero sí puedo reproducir lo que le dije mientras me quemaban las piernas y me daban tirones en todos los músculos del cuerpo: “primo, la montaña ha estado bien, pero ya no más. Lo siguiente una playa o un safari viendo animalitos”.

Aquí el perfil de Instagram del fenómeno que tengo como primo: https://www.instagram.com/blumenvisuals/