Hacía quizá demasiado tiempo que no escribía poesía, el género con el que debuté, si es que se puede decir eso, en el panorama literario. Más bien, el género con el que comencé a escribir. Creo que nunca lo he comentado por aquí, pero hoy lo haré inaugurando la nueva sección de opinión.

Cuando cursaba primero de bachiller estudiaba la bendita asignatura de literatura universal. En aquella asignatura, de la que seguro que ya he escrito algo, aprendí muchas cosas, pero lo más importante es que me abrió las puertas de mi interior. Un buen día, el profesor explicó en clase con entusiasmo las figuras más importantes del Simbolismo francés: Rimbaud, Paul Valery, Mallarmé, Baudelaire… Leímos poemas de algunos de ellos en clase y quedé totalmente fascinado. Había leído cosas simbólicas, pero nunca había llegado a ver ese nivel de encriptación sentimental. Hablaban de la vida, de la muerte, del amor y del desasosiego diciendo otras cosas muy distantes y parecidas a la vez. Entonces llegué a mi casa y, tras quitarme toda la tarea de encima, me senté exactamente en el mismo sillón de oficina frente a la misma pared que ahora y tecleé en mi antiguo portátil lo que sería el primer poema de mi primer libro. La cosa decía algo tal que así:

La oscuridad me encontraba
postrado y abatido,
cual paloma sin nido,
cual cuervo sin graznido.

A mis espaldas cincuenta
los latigazos que estaban:
uno por penitencia
que había cometido.

Lágrimas desbordadas
por la futilidad del tiempo,
llevadas por el viento
al desperdiciar el momento.

Blanca y casta paloma
que con el tiempo oscura
ya no llevaba corona,
ya es toda ella impura.

La paloma negriza
torció su recto vuelo
para convertirse en cuervo,
y así su herida cicatriza.

El graznido atronador
de aquella mala criatura
hacíala ver en la senda oscura:
en ella nada de ternura.

Voló hasta salir
de aquel mal camino:
negro cuervo divino
truncó de la paloma el sino.

El negro cuervo posó
en el árbol preciso,
para que de improviso
la paloma saliera.

Volvía a ser blanca,
volvía a ser pura,
inmaculada paloma
ya no era oscura.

La oscuridad no me hallaba,
ya no había latigazos;
la corona por su parte
se encontraba hecha pedazos.

Cuál fue mi sorpresa
al abrir por fin los ojos,
puerta abierta, sin cerrojos,
al fondo, blonda princesa.

Magnas eran mis ganas
de acariciar su hermosa tez,
dorada y dulce,
ganas de abrir la ventana.

Caíme desde lo alto
por oler su perfume,
por damas gran riesgo asume,
caíme hasta tocar asfalto.

Arrastrando mi penosa alma
entre lodo y miseria
jamás escuché risa más seria
ni tempestad tan en calma.

Ya de una me levanto,
ya no estoy en asfalto,
levanto solo el vuelo
y a bella dama veo.

Así comenzaba lo que posteriormente se convertiría en un poemario, en Humano. He de decir, y aprovecho y hablo aquí de lo que quiera porque a nadie le suele interesar, que nunca alcanzó la pretensión de libro. Simplemente era un documento en el que iba escribiendo los poemas que se me venían a la mente. Ahora sé que era un tipo feliz sin saberlo. Creía escribir como lo hacían esos bohemios, por amor al arte, literalmente. De hecho me compré una mochila con un aire medio retro o similar y decía a mi madre “ahora sí que soy un bohemio de verdad, verás cuando vaya a la universidad”. Aún voy con esa mochila a todos los lados y ya han pasado algo más de tres años de aquello.

Pero no soy un bohemio ni nada parecido. Con el tiempo comprendí que me acerco más a un ermitaño, a un tipo extraño, que a un bohemio que frecuenta la noche, el alcohol, las drogas y el sexo. Tardé en darme cuenta de aquello; no iba a ser Rimbaud, a pesar de mi insultante juventud. Tardé mucho en reconocer que no iba a seguir los pasos del éxito literario, pero en el fondo sabía que mi poesía era para una minoría, quizá sólo para mí. Hablaba a diario con mi amigo Franchu, con el que ya he perdido el contacto y con el que tantas buenas horas pasé hablando de literatura, filosofía y la vida en general; primero como dos amigos y luego para todo el que nos quisiera escuchar, en la radio. Yo le decía que me daban ganas de escribir un libro nefasto que fuera fruto de una ambición económica, un best seller. Tremendo insulso.

Creo que esa fue una de las mejores épocas de mi vida. Tenía un propósito claro y cuando no tenía más que hacer, escribía poemas de lo que se me venía a la cabeza. Cuando hube recopilado muchos, los mandé a las editoriales que obviamente no me hicieron caso. Me pagué la publicación gracias al alma caritativa de mis padres. Bueno, entonces no me pagué, me lo pagaron, como casi todo. Y seguí escribiendo. Lo hacía mucho, a diario y hasta en un par de ocasiones, normalmente escribía varios poemas al día. Creo que me pasaban muchas cosas y mi mente todavía de adolescente tenía algo que contar. Y así publiqué mi segundo poemario, Espejismos de silencio. Esta vez no pagué la edición, pero tampoco cobré un duro. Encima la editorial cerró o algo así, por lo que los ejemplares están en claro peligro de extinción. La edición es francamente nefasta, pero ahí está, en la estantería junto a su hermano y el Ulises de Joyce (por estricto orden alfabético).

Ya no he vuelto a publicar y eso que tengo un par de libros más guardados en el ordenador. Nadie querrá arriesgar su dinero en un tipo chiflado que no tiene seguidores en las redes porque no le gustan. También tendrá que ver la calidad de mi verso, digo yo, aunque de esto no me termino de convencer porque sigo viendo cosas muy extrañas en librerías de todo el país. El caso es que hacía mucho que no escribía poesía.

El último mes me lo he pasando escribiendo una novela como un auténtico majara. Puede que más por honrar la memoria de mi abuelo recientemente fallecido que por gusto propio. Él siempre decía que tenía un nieto escritor. Y todo el mundo me sigue diciendo que a ver cuándo escribo un “libro, uno de verdad”. Yo supongo que se refieren a una novela y por eso me empeño en terminar una algún día, pero me cuesta. Me cuesta mucho. No disfruto tanto como lo hago escribiendo poesía.

Soy bastante perfeccionista con lo que me gusta hacer, en lo que soy realmente bueno. No me tolero fallar en muchos aspectos de la vida, como por ejemplo en escribir. Por ello, cuando leo algún poema publicando en uno de los dos libros, siento una especie de vergüenza que me es imposible aplacar. Digo “cómo es posible que publicara semejante cosa”. Pero luego se me pasa y pienso en la época que estaba pasando, en las cosas que me habían sucedido y en las que no. También en la edad. Ahora es fácil criticar el primer poema que escribí en mi vida, con diecisiete años, pero ahora que lo he tenido que reescribir en el ordenador, veo claramente lo que quería decir y lo que, a un modo quizá algo tosco, intento transmitir al que lo leyera, que no era más que un servidor, mi amigo Franchu y mi profesor de literatura universal.

Ayer volví a escribir poesía sin esperarlo. Salí a dar un paseo, de esos que me gusta más dar en invierno, pero que me da igual darlos en verano. Me fui donde no había nadie y no se escuchaba más que mis pisadas y el chocar del viento contra las cosas. Allí pienso, y los integrantes de Leteo lo saben bien porque sufren en audios mis ocurrencias de paseo. Pensé en muchas cosas; pensé en mi familia, en mi abuelo, en la vida y en el tiempo. Pero un rumor lejano seguía despistándome en mi pensar. Me concentré en aquel rumor y comencé a pensar como lo hacía cuando escribía poesía a diario. Pensé en cosas impensables, en articulaciones imposibles del lenguaje, en asociaciones inéditas de elementos y en cómo juntar todo aquello para que la forma y el contenido reflejaran armonía, ritmo y cadencia.

Me senté casi de manera apresurada en la acera totalmente desocupada de una especie de urbanización fantasma con mobiliario urbano, pero sin casas alrededor. Saqué el móvil y comencé a escribir en una aplicación que se llama Just Write. Escribí ésto:

A veces me pregunto
qué cambiaría si nada cambiase.
Si todo siguiera igual
inmutable por siempre
y los gorriones que hoy nacen en primavera
perduraran en una eterna juventud
por el resto de los días.

Si nada cambiase.
Si todo persistiera tal y como concibió el primer
y último amanecer; si todo mantuviera
la constancia prematura
del que ignora el latir de su vida.
Paso tras paso el martirio del hoy se abrirá camino.
Sólo bajo el abrazo de una noche distinta
cabría un sorpresivo beso robdo.

En el ignoto confín del mundo
se reinventa la naturaleza de un minuto efímero;
sólo la constancia de la incertidumbre
me hace sentir vivo
bajo el amparo de la última cuestión
que quiera llegar a formular.

Me pregunto qué cambiaría
si nada cambiase.
Si todo siguiera la misma disposición
de lo que se considera rutinario.
Me pregunto cuál sería mi rumbo
si no hay destino propuesto;
no hay puerto a la vista.

Entonces, cuando acabé de escribir, me sentí bien. No sabía cuánto tiempo había estado sentado allí; puede que quince minutos o quizá sólo cinco, pero me daba igual. Miré los colores que el atardecer estaba coloreando en el cielo y pensé precisamente en el cielo. Me di cuenta de que el cielo debe ser esa sensación, como cuando terminas un poema que llevaba rondándote meses en la mente. Y me di cuenta de lo fácil y lo difícil que resulta ser feliz plenamente. Porque el cielo seguramente sea poesía, pero es que yo vivo en la tierra.