No sé hasta qué punto una pandemia mundial nos puede hacer mejores personas. “Quizás tenía que pasar, no es justo, pero así se aprende a valorar” cantan Rozalen y Estopa en un hit de cuarentena. Yo creo que no, que no tendría que haber pasado si las cosas se hubieran hecho bien y no vamos a aprender a valorar nada porque estamos condenados al exilio intelectual.

Vivimos en el extrarradio de un pensamiento por lo que nos es francamente difícil bregar con muchas cosas en muy poco tiempo. Quizá no tenía que pasar, es verdad, no es justo, pero así tampoco seguiríamos pensando en lo fortalecida que saldrá la raza humana de una situación catastrófica a niveles económicos y sanitarios. No valoramos nada porque tenemos el síndrome del inmortal: todo perece menos nosotros, que somos la hostia en vinagre. A los tres días de levantarse el estricto confinamiento ya veíamos a la gente agolparse en macrobotellones y fiestecillas, pero es verdad, quizás tenía que pasar.

Lo mismo tenía que pasar para purgar, no sé, digo yo. Lo mismo el virus sólo debería haber atacado a los malos y dejar un mundo de buenos y respetuosos ciudadanos para vivir en la utopía de Tomás Moro, aunque puede que alguno lo tilde de machista por describir una sociedad patriarcal; qué sabré yo.

El caso es que he vuelto a escribir por aquí después de cincuenta y muchos días. Demasiados. Lo que tenía que pasar, pasó, como diría Marco Aurelio. Y lo que pasó es que nos retiramos como los profesionales que deseamos llegar a ser para dejar a los grandes medios disputarse la carnaza entre cifras de muertos y escándalos políticos varios. Nosotros hemos venido para quedarnos y hablar de otras cosas. Porque esto es Leteo y no cualquier otro medio.