Siempre he pecado de vago. Me solía costar mucho hacer las cosas y más las que no suscitaban en mí un mínimo interés, es decir, la inmensa mayoría. Últimamente he intentado revertir la tendencia, aunque todavía queda latencia de ese ser holgazán por algún rincón de mi mente.

Me gusta la tranquilidad: vivir en un sitio tranquilo, relacionarse con un entorno tranquilo y hacer todo sin prisas. Leer es una de esas cosas que encuentro absurda hacer rápido: la lectura se disfruta con parsimonia y buen gusto. Quizá sea por eso que sólo termino los buenos libros, los que merecen la pena. Me paro a observar cada cosa que se cuece dentro de una estructura sintáctica que ha levantado mi atención por su complejidad o belleza.

He leído todos los géneros literarios; como todo el mundo, he tenido épocas: a veces me daba por la poesía y otras por la novela. La historia siempre me atrajo, pero el teatro es una de esas cosas de las que prefiero ser espectador y no lector. Prefiero las novelas cortas, las suelo disfrutar más. No porque exclusivamente dedique menos tiempo en leerlas, sino también porque odio cuando una obra se extiende sin sentido. Pasa también con películas o series, pero estamos más acostumbrados a verlo. En los libros es un descaro: la trama no da más de sí y se tira de alguna subtrama o gilipollez con tal de llegar a no sé cuántas palabras.

Desde no hace demasiado tiempo creo que el artículo es mi género preferido. El artículo como tal no tiene una longitud predeterminada, pero se sabe muy bien lo que debe durar. Luego están las crónicas, los reportajes y las informaciones, pero el artículo, así, incorrupto, es una delicia para el lector. Un artículo puede tener muchísimas pretensiones, infinitas diría yo, pero la principal y sustentante del resto es que debe comunicar algo al lector. Cuando esta premisa no se cumple no se puede calificar al artículo como algo mucho más allá de una porquería.

Uno puede leer un artículo en prácticamente cualquier situación. Yo leía artículos cuando llegaba pronto a la universidad en mi coche, antes de ducharme o en la cama con los ojos ya pegados. Pero un artículo también se puede leer dogmáticamente, como si fuera una novela, qué digo, un novelón: en el sillón con un café humeante, pantuflas y bata. Sea como fuere, el artículo se acaba disfrutando porque es fácil de detectar uno malo.

Yo ya tengo mis articulistas predilectos, no falto a ninguna cita con ellos. Me divierten y cuentan cosas que yo desconocía. Además aprendo muchas palabras nuevas y maneras de comunicar que posteriormente acabo plasmando aquí.

Espero que mis artículos sean de su agrado y los lean como les dé la real gana.