Hace algunas semanas contábamos en Leteo la historia de Irene, una estudiante española de Erasmus en Italia que pedía ayuda a las autoridades para regresar a su casa. Irene se puso en contacto con nosotros para contar la odisea que como ella han pasado multitud de españoles para regresar a sus hogares.

La historia de Irene comienza en Nápoles. Los españoles en Italia tuvieron la opción de volver a España en dos vuelos: uno desde Nápoles y otro desde Roma. Lógicamente, cada usuario eligió la opción que menos trasiego y tiempo costara. El vuelo en cuestión salía de Nápoles el día 6 de abril a las 19.00 por lo que Irene tuvo que desplazarse a Nápoles el día anterior para poder llegar a tiempo al aeropuerto. Ahí comienza el descontrol.

Un correo llegó al teléfono de los pasajeros del avión que salía desde Nápoles diciendo que ese vuelo había sido cancelado y que la única opción que había de regresar a España salía desde el aeropuerto de Roma a las 2.30 de la madrugada. Esta decisión la justifica la compañía argumentando que no se había completado la demanda mínima de pasajeros.

Los usuarios del vuelo cancelado esperaron 8 horas a que varios autobuses les recogieran para llegar a Roma en tiempo. Durante esas 8 horas, los usuarios estuvieron en un reducido espacio habilitado para ellos en el aeropuerto de Nápoles tal y como se puede observar en el vídeo.

En los autobuses se intentaron respetar las medidas de prevención y seguridad a modo de distancia, pero en algunos casos fue imposible por la cantidad de usuarios que portaban los vehículos. Alrededor de 70 personas partieron en bus desde Nápoles a Roma en un trayecto que duró alrededor de dos horas y media.

El aeropuerto de Roma era un completo caos. Una fila interminable de personas esperaban a facturar equipaje. La espera para algunos usuarios fue eterna.

Una vez en el avión de la compañía Privilege Style, no fueron proporcionados a los pasajeros ningún equipo de protección, pero lo preocupante del asunto es que la cuarentena que desde un mes guardaban los ocupantes, se rompió en un pequeño vuelo. 300 personas montaron en el avión con destino a Madrid. Por motivos obvios fue imposible respetar las distancias de seguridad: todos los asientos estaban ocupados. Irene nos comenta que incluso las maletas que no cabían en los compartimentos de equipaje fueron colocadas en los asientos bussines.

Por seguridad, según comentó la tripulación, no se les pudo asignar mantas o almohadas y lo único que recibieron en el vuelo los pasajeros fue una bolsa con un puñado de cacahuetes. Las azafatas estaban completamente desbordadas por la situación: no les fue comunicado nada de lo que estaba por suceder.

Una vez la aeronave tomó tierra en Madrid, nadie tenía constancia de la llegada del vuelo pues se retrasó casi dos horas. Posteriormente, fue obligatorio bajar del avión en grupos reducidos de veinticinco personas, teniendo en cuenta que las medidas de seguridad ya se habían roto durante el vuelo. Un control policial retuvo otra hora a los pasajeros y finalmente se les dejó pasar sin tomar temperaturas o medidas de prevención de la expansión del coronavirus.

Posteriormente, el grupo de personas que viajó en el avión tuvo que esperar dos horas para poder recoger sus maletas pues las cambiaron de terminal. Una vez la situación parecía límite, algunos pasajeros reclamaron a la compañía pues sus maletas habían desaparecido. La respuesta de los trabajadores del aeropuerto fue que ellos no tenían la culpa de que los pasajeros estuvieran infectados y que no podían ayudarles. Se dirigieron entonces a una ventanilla de atención al cliente donde los trabajadores afirmaron que debían pasar 48 horas para poder dar una maleta como perdida y otras tres semanas para que el seguro diera 150€ en el caso de tenerlo, como los estudiantes de Erasmus.

Finalmente, los usuarios pudieron llegar a sus hogares tras una auténtica odisea. No obstante, el coste de la repatriación asciende en algunos casos hasta los 500€, una cifra demasiado elevada para poder volver a sus lugares de origen.