Hombres libres

La libertad es un estado, algo así como una sensación. No se podría describir con las palabras perfectas lo que la libertad proporciona al hombre y sólo la poesía ha llegado a acercarse a la sensación de sentirse verdaderamente libre.

El debate de filosofía barata y fácil siempre suele ir en la misma dirección: no somos libres porque no hacemos lo que queremos. Yo ni estaba a favor ni en contra de la afirmación porque no me planteaba el problema; vivía bien, ignorando todo lo que no era inmediato o necesario. Un profesor me abrió los ojos. Recuerdo perfectamente la clase en la que dijo “la libertad no es hacer lo que a uno le apetece, sino hacer lo que uno debe aún sabiendo que no es lo que querría hacer en ese momento” y se quedó como Dios. Razón no le faltaba a mi buen amigo docente.

Supongo que los no libres sentirán el yugo de la esclavitud, el de verdad, no las pamplinas que se repiten por Twitter, en el cuello advirtiéndoles día a día. No poder leer tal cosa o circular libremente por donde a uno le dé la gana son cosas que no se valoran hasta que realmente acaban por perderse. En el caso de la libertad, quizá sea uno de los mayores logros de la humanidad, pero somos lo suficientemente ciegos para no ver de lo que estamos gozando.

Cuando se nos priva de un derecho que se presenta como ampliamente asentado, el caso de la movilidad, por cuestiones de causa mayor, comenzamos a sentirnos mal porque no podemos hacer lo que realmente nos otorga la calificación de hombres libres. La libertad es un derecho que nos viene, o al menos en los países democráticos, de nacimiento: iniciamos nuestra andadura en el mundo pudiéndonos autoproclamar sin temor a equivocarnos libres.

En estos días de encierro se echa de menos la libertad, pero nunca está de más hacer un repaso del uso de la misma, reflexionar sobre la suerte de tener antepasados que lucharon por lo que ahora tenemos y defender nuestro derecho natural a ser hombres libres de todo y a secas.