El Covid-19 está poniendo las cosas en su sitio, o al menos en el sitio que el jodido bicho cree que deben estar. Nosotros en casa y él en nosotros. Así va la cosa o al menos de momento. Todo parece tornarse en oscuro cuando se habla de temas tan complicados como el que opinadores de todos los espectros y colores tienen en la boca en televisión.

Máquinas incansables de crear polémica de uno y otro lado ponen en relieve la incompetencia de una mayoritaria parte del sistema gobernante e informativo, que últimamente tienden a unirse gradual y peligrosamente, es inútil y costoso. No sólo por el dinero que cuesta a los contribuyentes toda la maquinaria propagandística y mediática, quince millones la semana pasada, sino también por el tiempo que se gasta: se recibe la información, se intenta cribar entre verdad y mentira, uno acaba por desinformarse y tiene que retomar el proceso desde su inicio. La ventaja de esto es que te mantiene en alerta y entretenido, la desventaja es todo lo demás.

Un virus miserable ha puesto en jaque no a la comunidad científica, sino al mundo entero. Francis reporta hoy alrededor de 1400 muertos y Reino unido más de 700. Países que menospreciaron la amenaza y hoy tienen pinta de estar muy lejos del ansiado pico de la pandemia. Lo que a mí me asombra es la incapacidad de encontrar soluciones útiles a problemas certeros y reales; el resultado de una acto será el mismo si el acto y los integrantes son idénticos. Para encontrar resultados diferentes hay que hacer cosas diferentes. Pero no, porque vivimos en un mundo en el que la imbecilidad ha alcanzado cotas tope.

Afortunadamente, en España la cosa parece empezar a remitir. Mis previsiones de libertad condicional (entiéndase la metáfora) para mediados de mayo creo que no van muy desviadas. Ojalá no equivocarme y poder volver a quejarse del tráfico o los profesores universitarios.

Lo cierto es que seguimos en una ligera desventaja frente al bicho, pero qué quieren que les diga, yo vengo de tradición madridista y las remontadas han sido el pan nuestro de cada día. Lo desafortunado de la cuestión es el ingente, desorbitado e inolvidable número de grandes personas que la batalla dejó por el camino. Podemos doblegar a un enemigo invisible porque sentimos la necesidad de querernos.