Cuando se lleva tanto tiempo en casa uno comienza a apreciar las pequeñas cosas; los detalles que antaño parecían tan nimios que se convertían en invisibles. Ahora son esas cosas desapercibidas las responsables de crear todo un mundo de observación, estudio y devoción.

De estos elementos hay mil, y sólo en una habitación. Imagínense cuántos hay en toda una vivienda. Dependen, eso sí, del observador. Normalmente hay que echarle un poquito de imaginación pueril al asunto. Uno acaba cayendo en la cuenta de que no sabe cómo se hace nada de lo que tiene a su alrededor. Me fijo en las bolsitas de infusiones, en el papel del váter, en los auriculares que utilizo para escuchar música o en el mando a distancia del televisor. Todo acaba por asombrarme si lo estudio con suficiente detenimiento, pero hay algo que sobrepasa mi asombro: los libros.

Sé que está de moda lo digital y tiene toda la lógica. En Leteo nos subimos al carro de lo digital: es más barato, no se gasta papel y de un acceso mucho más fácil. Sin embargo, los libros son mi especial debilidad. Sobre todo los buenos libros con una encuadernación cuidada. Me gustan bastante las solapas en tela, sé que al cabo del tiempo le confiere un aire pobre y descuidado, pero el tacto es incomparable a cualquier otra superficies. Esto es como todo: funciona por gustos.

Normalmente me es igual la tapa blanda o dura, no es un aspecto determinante a la hora de la compra. Me preocupa mucho más el contenido como una buena traducción. Ahora bien, cuando se junta todo lo bueno, el libro es u arte en sí mismo. No soy ni mucho menos un bibliófilo ni un sibarita del asunto, sólo me gusta apreciar cada detalle de lo que tengo entre manos. Como suelo dedicar bastante tiempo a leer, finalmente pongo atención hasta en los detalles más nimios. Giro el libro hasta marearlo: da vueltas y más vueltas en mis manos de tal modo que el que me observe con pausa podría pensar perfectamente qué no sé leerlo o empezarlo.

El tipo de papel es otra cosa que me resulta curiosa. El papel puede tener varias tonalidades, gramaje y tacto. Hay papeles rugosos y gruesos y luego están los blanquitos y finos. Odio el “papel de Biblia”, ese que es casi traslúcido. Confiere al libro un aspecto demasiado pesado. Además sirve para que el lector se envalentone: ve el libro adelgazado por el gramaje de las hojas y dice “vamos pa´adelante” cuando luego se está empezando a leer un libraco de más de mil páginas. Casi nada.

El periódico es otra de esas cosas que mola leer en físico. He de reconocer que no soy un asiduo comprador de prensa escrita. Me suelo informar en la red y en la versión digital de los diarios tradicionales (que muchos tienen la opción de tener en digital la versión física, todo un puntazo). Quizá sea porque en mi pueblo no hay kioskos; detalle fundamental. Si quiero comprar el periódico tengo que coger el coche y entra el juego la pereza. No obstante, cuando se tiene delante la obra diaria fruto del trabajo de tanta gente a uno le entra hasta una especie de emoción. Disfruto mucho leyendo las columnas de opinión y los reportajes “de por ahí” (que es lo que digo cuando estoy leyendo algo de internacional y no me apetece explicar el qué).

De los libros se puede ver todo: desde el contenido a la forma. La portada, los lomos, la encuadernación, ilustraciones e incluso el marcapáginas que si tienes suerte te regalan cuando lo compras. Tengo una especial debilidad por los volúmenes que incluyen la clásica cinta (cuyo nombre seguro existe, pero desconozco por completo) que se usa a modo de marcador. Me parece el invento del siglo, supongo que del siglo XVI, pero ahí quedó como legado para los lectores de la historia.

Es una lástima que haya tenido que pasar tanto tiempo en casa para darme cuenta de la cantidad de cosas maravillosas que me rodean y son fruto de un saber hacer digno de un maestro artesano.