Nos hemos vuelto ingratamente subnormales. Es la desarrollada conclusión que he sacado de otro día de confinamiento. Ya no sabemos ni lo que vemos, ni siquiera lo que nos dicen (porque lo que nos quieren decir nunca se tuvo claro).

He comenzado a poner en práctica eso de mirar las cosas con perspectiva. Me he vuelto a aficionar a la documentación de la II Guerra Mundial: un entretenimiento que un día dejé de lado. Supongo que lo hice para investigar a Kukulkan (o Quetzalcoatl, que es básicamente lo mismo), pero esa ida de pinza para otro día. El caso es que he retomado el gusto por sentirme afortunado. Hoy, desde la comodidad de mi casa con luz, agua caliente, comida en la nevera y mi familia a escasos metros, he intentado volver a meterme en la piel de aquellos muchachos que se fueron a tomar por culo para defender lo que se consideraba justo.

Gente de Texas o Canadá que se fue hasta Normandía para ser acribillados en una playa por ametralladoras nazis. Y todo eso para qué. Esa es una buena cuestión que se resuelve más o menos sola: para que nuestra inutilidad pueda seguir plagando el entorno. Cada vez que lo pienso me enfado un poco porque ver las cartas y las fotos de unos chavales a los que la guerra ni les iba ni les venía es emotivo. No tenían por qué hacerlo, pero muchos se alistaron voluntariamente para que los japoneses, italianos o alemanes les jodieran bien.

Nosotros pagamos el esfuerzo de otros siendo gilipollas por natura. No tenemos remedio alguno. La cuarentena, en vez servir para darnos cuenta de lo afortunados que hemos llegado a ser, está sirviendo para agudizar nuestro sentido de la idiotez, el más avanzado dentro de la estirpe de los hombres. Ni buenos ni libres.

Siempre he tenido más o menos claro que soy todo lo libre que quiero ser. Por ello no me someto a lo que mi mente en lúcidos momentos de desvarío considera elementos liberticidas: alcohol, tabaco y otras drogas. Sin embargo, creo que vamos a peor porque somos lo que vemos. Y como lo que vemos son una panda de mamarrachos que nos dicen lo que tenemos que hacer cuando ya hay más de ocho mil muertos en España por algo previsible, pues eso.